Argentina eligió el mejor momento para dejar de sobrevivir.
Durante todo el Mundial avanzó entre sobresaltos, remontadas, polémicas y esa liturgia nacional que convierte cada partido en una prueba de fe. Contra Inglaterra ocurrió algo distinto: por primera vez impuso condiciones. Fue superior, manejó mejor la pelota y obligó a su rival a jugar el partido que ella quería.
Ni siquiera el gol inglés alteró la escena. Pickford parecía encaminado hacia una noche perfecta, pero Argentina no se desordenó ni recurrió al milagro. Se rehízo desde el dominio, que suele ser bastante más difícil que reaccionar desde la desesperación. Empatar y remontar mientras se es mejor exige algo más que coraje: exige convicción.
El mediocampo estuvo a la altura, distribuyó con criterio y recuperó una herramienta casi olvidada en este Mundial: el remate de media distancia. Inglaterra, tan ordenada y pragmática hasta aquí, terminó retrocediendo hasta parecer un equipo esperando que el reloj hiciera el trabajo sucio.
Esta vez no ganó la camiseta. Ganó el equipo que jugó mejor.
Y eso cambia todo. Porque Argentina llegó a semifinales sobreviviendo, pero alcanzó la final convenciendo. Guardó su mejor versión para el único partido en que ya no podía esconderse.
Ahora espera España, quizá el equipo más completo del torneo. La final enfrenta a dos selecciones que eligieron la semifinal para mostrar su verdadera dimensión. Una domina desde la pelota. La otra acaba de recordar que también sabe hacerlo desde el carácter, el fútbol y la insolencia.
Puro huevo, sí. Pero esta vez también puro juego.