Frente a la derrota jurídica boliviana en la Corte Internacional de Justicia (CIJ), donde para este tribunal en ningún acuerdo, declaración, etc., hubo evidencia de que Chile expresara su intención de obligarse a negociar una salida al mar para los altiplánicos, interpretando demoledoramente que las denominadas promesas incumplidas a lo largo de más de 100 años (posición de Bolivia), en realidad fueron “…una dilatada historia de diálogos y negociaciones...”, reitero que seguramente Bolivia va a recurrir a un mecanismo arbitral internacional, tal como lo dijo en su demanda del 24 de abril de 2013, pero sus posibilidades son escasas porque dicho arbitraje tiene como marco el pétreo tratado de 1904 que lo encerró en los Andes.
Ahora bien, el resultado en la Corte no debe entenderse en el sentido de que perder sea parte de una estrategia contemplada por La Paz. Nada de eso, pues ningún Estado va a la CIJ para ver cómo le va. Ir a la Corte supone aceptar a priori sus reglas y también asumir la teoría del riesgo, donde se puede ganar o perder. De allí que -insisto- pensar que Bolivia fue a la Corte solamente como parte de un plan a largo plazo no es pensar jurídicamente. En cuanto a la reacción de Evo Morales, era difícil creer que se fuera a quedar de brazos cruzados ante una derrota en La Haya, más aún, cuando quiere volver a ser presidente. Ya lo hemos visto, como ayer, luego de la lectura de la sentencia por el presidente de la Corte, Morales en la conferencia de prensa que dio en el frontis del Palacio de la Paz, rodeado de expresidentes de su país y de todo su equipo en La Haya, ha expresado que “…Bolivia nunca jamás va a renunciar a nuestra reivindicación…”. Se trata de un recurso político amparado en las palabras del propio juez somalí, al señalar que “…el fallo no impide que las partes continúen su diálogo…”. A Bolivia le queda dejar que transcurra el tiempo, que puede volverse relevante por su largo trayecto, e intentar construir por dicho decurso un injusto con errores chilenos de por medio -realmente remotos-, lo que sería muy complejo desde el derecho, pero no imposible desde el poder.


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