Un día como hoy, hace 50 años, el médico argentino-cubano Ernesto “Che” Guevara, que fuera mitificado por los movimientos de la izquierda latinoamericana efervescentes en los años 60 -su imagen fue reproducida en casacas, llaveros, bolsos, maleteras de camiones, etc.-, después de una incesante búsqueda por parte de la CIA murió acribillado luego de ser detenido por el ejército boliviano en la localidad de La Higuera, en Santa Cruz. El Che se había ganado su lugar en el triunfo de la Revolución Cubana. Acompañó a Fidel Castro y a Camilo Cienfuegos en el asalto de La Habana en la madrugada del primer día de 1959 haciendo huir al dictador Fulgencio Batista (1940-1944; 1955-1959). Ocupó altos cargos en el régimen castrista y pronunció en su nombre un terrorífico discurso en la ONU (1964) que concluyó con la aplaudida frase “¡Patria o muerte!” por solidarios camaradas de otros países comunistas. Es indiscutible su frenética actitud guerrillera, que lo había llevado a combatir hasta en el Congo, en África, como su intolerancia con aquellos que pensaban distinto de él mandándolos eliminar en el acto, despreciando el debido proceso. Así, fue tan detestable como Hitler, pues mientras este exterminó a los judíos, él mandó matar a los homosexuales. EE.UU. no quería más focos subversivos en la región, por lo que su cacería y muerte estaban cantadas. El Che se alejó de Fidel -que no hizo nada por retenerlo- al advertir los celos del cubano. Lleno de simpatías, y aunque esquivo al agua, fue un mujeriego empedernido. Los raros “ideales” del Che no estaban fundados en principios. Hoy la izquierda agónica de algunos países, como Bolivia o la propia Cuba marxista, lo recuerdan y no sé para qué. Creyó que debía tomar el poder por las armas y justificó la violencia como método para lograrlo. Todo un terrorista. El peruano Luis de la Puente Uceda, que quiso emularlo, fue neutralizado en nuestro país (1965) y a Abimael Guzmán, para que no sea mitificado, el Estado acertadamente resolvió no aplicarle la pena de muerte.