La sentencia interrogativa destinataria a quienes asumen roles justicieros sin méritos para hacerlo de Víctor Raúl Haya de la Torre cobra vigencia desde el anuncio del cambio en 1990.
Fujimori, al anunciar cambiar el Perú lo hizo con un movimiento electoral Cambio 90, cinco años después cambió el membrete por Nueva Mayoría y lo cambió nuevamente en el siguiente lustro por Perú 2000. La decepción del pueblo, por su idiosincracia, desconfiada y crédula a la vez, creó un vacío popular que el ciudadano japonés supo astutamente llenar con promesas de cambio, sobre todo moralizadoras. ¿Dónde estuvo el cambio en la década fujimontesinista? ¿Quién moraliza ahora a los moralizadores de ayer?
La gente está incrédula y la palabra inmoralidad actualizada y con réditos políticos. Quien denuncia gana algo en el escenario de la inercia cívica en que está sumida el país. La política ha cambiado, de doctrinaria se ha convertido en denunciaria. El autor del anuncio del cambio está preso a la espera de la sentencia del Poder Judicial, no hay por qué adjetivizar al sujeto, depende de otros el veredicto y no de nosotros que los hacemos gobernantes.
La palabra cambio está ligada a otra que le gusta a la gente: moralización. Hasta en Trujillo están de moda estos términos, sobre todo en Alianza para el Progreso que ofreció cambiar el escudo de Trujillo, el color de la fachada del local municipal, los postes de alumbrado público, porque era una ciudad de porquería, dicho por un regidor de la mayoría que ahora les mienta a sus antepasados a sus colegas apepistas. A diez meses no han cambiado nada y esperamos ilusoriamente que lo hagan por el bien de esta tierra donde hemos nacido y servido.
Ni el aprismo es ajeno al cambio. Antes ser indisciplinado e infraterno eran faltas graves. Lo fueron Andrés Townsend Ezcurra y Jorge Torres Vallejo, políticos honestos pero temperamentales. Ambos acabaron sus carreras políticas escoltando a Luis Bedoya Reyes y Mario Vargas Llosa, contra el aprismo, y no eran políticos cualquiera. Tenían nombres propios relevantes en el partido, prestigio ganado a pulso. Soy cercano al "Cabezón", conozco y admiro su honorabilidad, pero no comparto sus posiciones. Al partido de Haya de la Torre hay que respetarlo por encima de uno o de otro.
"Tengo la convicción de que la mayor traición que puede cometer un aprista es entrar en las oscuras sombras de la corrupción", escribe el regidor Daniel Salaverry Villa en el enjundioso artículo "Disciplina Partidaria: Cuántas Injusticias en tu Nombre", lleno de lirismo moralizador, pero de amplio contenido infraterno. ¿Qué aprista ha entrado en las oscuras sombras de la corrupción? Que diga nombres, o en caso contrario está tirando piedras en las tinieblas de las noche para que les caiga al que pasa por la administración pública, o al que tiene la mala suerte de hacerlo por casualidad.

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