Hace algunos días, a la hora del véspero, al que llaman "sunset" los huachafos y algunos nuevos ricos, conversé largamente, en una banca de la Plaza Zela ? una de las pocas buenas obras que en el centro de la ciudad hiciera don Jacinto Gómez Mamani, alcalde de no muy grata recordación- con un amigo, caballero de no muy triste figura y cuyo nombre no lo voy a decir pero al que agradezco algunos datos sabrosos que se leerán en esta nueva crónica.
Desde nuestra cómoda banca, con espaldar, como deben construirse las bancas de las plazas públicas, veíamos la esquina donde tenía su despacho un solterón empedernido, Dalio Mendoza, el único Dalio que he conocido en mi larga vida. Don Dalio vivió, casi hasta la vejez, con su madre que, si él era viejo, fácil es imaginarse cuantos años tendría su progenitora. Su propiedad la donó este buen caballero, que no debe haber conocido mujer y que murió sin dejar prole, a la Sociedad de Artesanos y Auxilios Mutuos que, inclusive, lo reconoció como su benefactor. No sé más de la historia de aquel bien que, me parece, se extiende hasta la angosta calle Bolívar y que debe costar un dineral, por su ubicación.
Vecino a don Dalio estaba el Estanco del Guano. También había estancos de la sal y de la coca, creo. En mi recuerdo, como en el de mi amigo, con quien conversaba, estaba una dulce adolescente hija de quien sería, seguramente, el administrador del mencionado estanco. Ella se llamaba Nelly Arroyo y, sin duda, fue uno de mis primeros platónicos amores. Yo tendría no más de diez u once frescos años.
En la casa de al lado vivía, y aun vive, la familia Bolaños Marín. Don Roberto, que por años fuera el agente de la cervecería Backus, distribuidora de Cristal, la campeona de las cervezas, solía organizar fiestas de carnaval. En una de ellas alguna vez se presentó, inecuánime, Roberto Flores Charaja, al que todos conocían como "Charaja" y que se hacía llamar Robert Flower Charaj. Por su estado le impidieron el ingreso. Entonces no tuvo mejor idea que ir a su casa y vestirse con uniforme de la escuela militar Coronel Bolognesi, donde había estudiado un año. Con ese camuflaje las puertas se le abrieron.
Otro episodio protagonizado por "Charaja" es muy bueno y paso a contarlo. Sucede que una vez la familia Viacava Menéndez celebraba algún acontecimiento con un riquísimo asado. La carne estaba asegurada pues doña Lola era experta en cortar lo mejor de vacunos, ovinos o porcinos. Dizque por allí pasó "Charaja", siempre con los humos de Baco, y pretendió ingresar a la fiesta atraído por el fragante olor que hacía vibrar a las más apáticas papilas gustativas. Los Viacava que son, o eran, de armas tomar, impidieron el ingreso del intruso quien no tuvo mejor idea que retirarse y retornar, después de un rato, con un pizarrín que colgó en la puerta, con el siguiente aviso: "HOY PICANTE DE LOCOS". Más detalles sírvanse preguntar a los protagonistas que viven en este valle de lágrimas.
En la esquina de la calle Zela con Benjamín Vizquerra ? ojo, Vizquerra nunca, jamás fue General de ningún ejército ? estaba el bar Nicaragua, regentado por "el boliviano" y más arriba, en diagonal a la Escuela Pre vocacional 996, otro bar, donde tomé mi primer coñac, a los 13 años. Le llamaban La Rata Muerta o la "Ratis Mortis", más elegante y con tufillo a latín. En ese restaurante, de mala muerte, había una rocola. Lo regentaba una mujer gorda, vozarrona que, cuando alguien la sacaba a bailar, advertía que solamente bailaba boleros. "Ella bailaba boleros", como en la prosa de Cabrera Infante.
El local del Estanco del Guano fue ocupado, después, por la panadería de Jiménez. Allí se vendían, a golpe de tres de la tarde, bizcochos calientes, sabrosos y, en diciembre, el panetón chato, genovés, típico de Tacna, perfumado con cáscara de naranja.
Frente a la plaza Zela, entre San Martín y Zela, existe una gran propiedad. Tiene, hasta hoy, el aspecto de ser moderna aunque, en realidad, tiene más de medio siglo. Fue construida por don Antonio Casaretto e inaugurada en 1954.
En Tacna se distinguían, en aquellos años, dos grandes casas comerciales. De una era propietario don Armando De Ferrari y de la otra don Guido Canepa Monteverde. Pero había un tercer italiano, dueño de una gran fortuna, a base de su trabajo. Era Antonio Casaretto al que acompañaban sus hermanos Máximo, José y Vittorio. Antonio llegó a Tacna en el mismo barco con Guido Canepa. Viajaba bien apadrinado.
Instalado en Tacna don Antonio Casaretto motivó a que otros italianos llegaran a trabajar en Tacna. Así llegaron, por ejemplo, los hermanos Guissepe, Luigi y Giovanni Rochetti Parma. Los dos primeros eran bodegueros y el último, bajito y gordo, con la figura de "Porfiado", de allí su mote, era panadero. El oficio lo trajo de Italia. El hijo de Luigi heredó, del tío, el gusto por la panadería. El "Porfiado" tuvo dos hijas, Hortensia y Giovanna, ambas finadas.
Don Antonio Casaretto en un viaje de ida y vuelta de Italia conoció a Mario Meneghello. Con él invitaron a que llegara a Tacna la que sería la "última ola" de inmigrantes. A saber, Rómulo Tormena, que fundó las heladerías Italia y Roma y que hoy es propietario de una red de heladerías en la frontera de Italia con Austria. Tormena hizo la América en Europa, o sea al revés de sus paisanos. También llegaron Ercole Bello, que se quedó en Mollendo y los hermanos Vittorio y Gaetano Vetoretti. El primero fundó la heladería Venecia y el segundo vive hoy en Ilo.
Burla burlando se nos pasó el tiempo, charlando, recordando, volviendo a sentir el aroma de la otrora pequeña Tacna, cuando era un pañuelo en el que todos parecían caber.