Recuperemos la avenida Arequipa
Recuperemos la avenida Arequipa

La antigua capital de la República comenzó a expandirse a principios del siglo XX, desde sus pequeñas calles impregnadas de historia y tradición hasta los espacios que mediaban entre aquella y los principales balnearios de la época, Miraflores, Barranco y Chorrillos. Construir avenidas en los extramuros de Lima, por aquel entonces, implicaba enfrentar la oposición de los propietarios de fundos y de haciendas. No obstante, al llegar al poder por segunda vez, Augusto B. Leguía zanjó el problema al presentar al Congreso un proyecto de ley que permitió la expropiación de parte de los terrenos por donde debían pasar las grandes avenidas. El Titán del Pacífico, como lo llamaban sus aduladores, cuyo régimen de la Patria Nueva introdujo al país en la modernidad del siglo XX, inauguró en 1921 la avenida que llevaría su nombre. Esto ocurría a unos cuantos metros del Parque de la Exposición, que fundara el coronel Balta en 1872 y que más tarde serviría de refugio para cientos de heridos que defendieron a Lima del fatídico atardecer del 15 de enero de 1881.

Desde sus primeras edificaciones, la avenida Leguía, la cual tras el fin del Oncenio se convertiría en avenida Arequipa, se caracterizó por la elegante arquitectura de sus mansiones, que contribuyeron a enriquecer el ornato de nuestra capital. Y así se mantuvo durante décadas. Desafortunadamente, esta avenida, tal vez la más importante de la ciudad por su antigüedad, se fue deteriorando y ya desde hace muchos años perdió la prestancia de antaño. Sus grandes residencias fueron demolidas, otras fueron adquiridas para negocios o para institutos pedagógicos, cuyos nuevos propietarios han modificado sin reparo alguno de su estructura, haciendo adaptaciones que nada tienen que ver con el diseño inicial. Sin embargo, esta avenida tradicional aún conserva algunos sectores dignos para la contemplación, en contraste con la mayoría de espacios, donde la clamorosa falta de armonía, la suciedad, el mal gusto y el pintarrajeo son los factores predominantes. No imagino, sin ir muy lejos, que en países de nuestra región se permita que las avenidas de sus principales ciudades reciban trato similar.

Carecemos de una adecuada cultura de conservación de nuestro patrimonio en general; incluso hay quienes piensan que gastar recursos en su conservación y protección es pérdida de tiempo y dinero, y por eso ven en las instituciones y personas que se dedican a esta noble labor amenazas a sus intereses particulares.

Esta emblemática autovía de Lima requiere una total recuperación y que se haga un alto a la demolición de sus antiguas e imponentes casonas.