Opinión

RUSIA: 100 AÑOS DEL ASESINATO DEL ZAR NICOLÁS II Y DE TODA SU FAMILIA

COLUMNA: MIGUEL ÁNGEL RODRÍGUEZ MACKAY

17 de Julio del 2018 - 07:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Han pasado 100 años de uno de los magnicidios más reprobados de la historia universal del siglo XX. El 17 de julio de 1917, el zar Nicolás II de Rusia fue asesinado junto a su esposa Alejandra y sus cuatro hijas: Olga, Tatiana, María y Anastasia; y su hijo Alekséi. Con ellos también fueron ultimados tres de sus trabajadores domésticos y el médico de la familia. La consigna de los revolucionarios bolcheviques, con Lenin a la cabeza, fue no dejar rastro alguno de la familia Romanov llegando más lejos que los mencheviques de Kerensky, que habiéndose mostrado reacio con la familia real, no se le había ocurrido su eliminación como se hizo aquella madrugada del referido 17 de julio, en que fueron despertados en forma intempestiva, bajo el pretexto de tomarles una foto familiar y enseguida ser trasladados a un lugar distinto, a Ekaterimburgo, lugar alejado de Moscú -en la fría Siberia- hasta donde habían sido llevados para “protegerlos” de los revolucionarios. El zar no abdicó la corona en favor de su pequeño hijo que sufría de hemofilia -una patología masculina que no permite la coagulación de la sangre y que hace corta la vida de los que la padecen, muriendo realmente jóvenes- sino, en cambio, lo hizo en favor de su hermano Miguel. El pedido de los dos emisarios de la Duma o Parlamento ruso no fue correspondido y esa decisión precipitó su trágico final y el de su familia, aunque Miguel murió en 1929.

La violenta desaparición del zar y su familia -fueron mutilados y quemados con diversos ácidos para que no quedara rastro de ellos ni de sus victimarios- generó un sentimiento de rechazo y culpabilidad en la sociedad rusa muchos años después del nefasto crimen, e incluso Boris Yeltsin, el primer presidente ruso, en 1998, presidió los actos públicos llenos de solemnidad en que se dio sepultura a todos los Romanov en la cripta imperial de la Iglesia Pedro y Pablo de San Petersburgo, llegando a decir que “todos fuimos culpables del asesinato, yo también”. Este macabro y descalificado suceso ha merecido la condena unánime de la humanidad.

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