Caminando por las florecientes calles de Moscú, aún golpeado por el brusco cambio de horario, veo la vitalidad de un pueblo que ha asumido la vida en democracia y en libertad con una fuerza que se demuestra en el espectacular crecimiento de esta ciudad de 15 millones en la que, en un par de años, se inaugurará una nueva versión del mundial de fútbol.
Mi guía es Lubia, una bielorrusa maestra de español que nunca pudo ejercer porque fue absorbida por el trabajo en el circo ruso. Me cuenta que el capitalismo ha traído desigualdades que se notan sobre todo en la falta de una educación de similar calidad para todos. Educar a los hijos ya no es gratis. Es costoso y el resultado, según ella, es la falta de respeto que muestran algunos jóvenes rusos. La gente cree que vivir en libertad es hacer lo que uno quiere, se queja.
Más allá de que Rusia gane ahora menos medallas olímpicas que cuando se hacía llamar URSS, el tema que toca es fundamental.
Un día antes, mientras viajaba a Rusia, me encontré en el aeropuerto de Ámsterdam con los chicos de la selección peruana de matemáticas. Vencedores en Sudamérica, ahora viajaban a Hong Kong a medirse con los mejores del mundo. La paradoja es que el Perú es uno de los países con peor rendimiento en esa materia y en comprensión de lectura. Esos niños son la extraordinaria excepción de un Perú donde el dueño de algunas universidades plagió su tesis de doctorado y firmó como suyos libros ajenos.
Los países con mejor rendimiento académico tienen en común no solo profesores bien pagados sino objetivos claros. ¿Cuál es nuestra meta como nación? ¿Tenemos alguna más que la esperanza de que los jóvenes de menos recursos terminen la secundaria? Los chicos de la selección nacional de matemáticas podrían ser el ejemplo para un país que no solo debería vanagloriarse de sus cocineros sino también de sus hombres de ciencia.


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