Una vez que el tirano Nicolás Maduro fue extraído de Caracas en una operación militar para llevarlo ante la justicia de Estados Unidos a fin de que responda por cargos de narcotráfico y terrorismo, dos situaciones escandalosas –negadas una y otra vez por el régimen chavista y por sus acólitos de la izquierda internacional, que un poco más y nos dicen que Venezuela era una pradera de democracia y de libertades–, han salido a la luz con una contundencia que ha dejado callados a muchos.

En primer lugar, se ha confirmado que la dictadura cubana tenía gran injerencia en la cúpula del poder chavista, al extremo que había encomendado la vida y la seguridad de Maduro, su líder máximo, a una gavilla de asesores y escoltas de la isla, 32 de los cuales fueron abatidos sin mayor dificultad por la Fuerza Delta del Ejército de los Estados Unidos durante la madrugada del tres de enero, en que el tirano fue sacado de su cama junto a su esposa Cilia, y llevado hacia Nueva York.

Tanto hablaba el chavismo de soberanía y se esforzaba por negar esta presencia, para que ahora se confirme que los que ayudaban a sostener la tiranía eran los cubanos, con el único interés de asegurar la supervivencia del régimen y que con ello se mantenga el flujo de petróleo a la languideciente isla caribeña secuestrada por el dictador Miguel Díaz-Canel y una camarilla comunista heredera de los hermanos Castro. Cuidar a Maduro era como preservar la válvula que les suministraba el crudo. Ahora, esto se les ha acabado.

Pero el arresto de Maduro ha dejado en claro, también, que en Venezuela había presos políticos que estaban encerrados en mazmorras y centros de torturas que ahora han comenzado a ser abiertos por exigencia de Washington, bajo amenaza de mandar un segundo ataque que podría implicar la detención de Delcy Rodríguez, o de los matones Diosdado Cabello y Vladimir Padrino. ¿Qué dirán ahora los izquierdistas que se promocionaban como “defensores de derechos humanos”?, ¿alguna palabra al respecto?

En el Perú tenemos incluso candidatos presidenciales y al Congreso que han quedado en ridículo, pues han pasado años defendiendo al putrefacto régimen chavista, aliado de otra dictadura más pestilente como la cubana, en que se secuestraba y torturaba a los que pensaban diferente. ¿Y los derechos humanos? No importan. A esta gente no le entran balas. Dirán que es culpa de embargo, de los medios, de los poderosos, del Pato Donald, de Trump, de Fujimori, o de quien sea. De eso viven, de sorprender a quienes se dejan engañar.