Los Mundiales siempre tendrán favoritos regidos por la historia, los pergaminos e incluso por las simpatías. Lo excepcional es encontrar una selección que transmita la sensación de tener una respuesta para casi cualquier pregunta que le haga un partido. Francia empieza a ocupar ese lugar. No porque tenga a uno de los máximos goleadores del torneo ni porque haya firmado la goleada más importante en lo que va de la primera etapa eliminatoria, sino porque, hasta aquí, ha sido el equipo que menos grietas ha expuesto.
Cada aspirante al título exhibe una virtud dominante. Argentina emociona y tiene la capacidad de resolver un encuentro desde el talento de sus figuras. Brasil ha recuperado una identidad clara de la mano de Carlo Ancelotti y vuelve a parecer un equipo reconocible. España monopoliza la pelota como pocos y convierte la posesión en una forma de gobierno. Francia, en cambio, parece haber reunido un poco de todo. Y esa combinación la convierte en un rival mucho más difícil de descifrar.
El 3-0 sobre Suecia volvió a dejarlo en evidencia. Puede acelerar con Mbappé o Dembélé cuando encuentra un metro de ventaja, pero también sabe bajar las revoluciones, cuidar la pelota y esperar el momento indicado para volver a golpear. Hay equipos que solo saben jugar a un ritmo. Francia parece sentirse cómoda en todos.
Detrás de esa versatilidad está Didier Deschamps. Después de tantos años al frente de la selección, ya no solo conoce a sus futbolistas; conoce el comportamiento de su equipo frente a cada escenario. No necesita reinventarlo en cada partido porque lleva más de una década construyendo una identidad capaz de adaptarse sin perder coherencia. Ese conocimiento mutuo es una ventaja que muy pocas selecciones pueden exhibir en un Mundial.
Mbappé sigue siendo la imagen de Francia y uno de los grandes protagonistas del campeonato. Dembélé atraviesa un momento brillante. Tchouaméni equilibra, Koundé aporta seguridad y el resto del engranaje funciona con una precisión admirable. Pero reducir el éxito francés a sus individualidades sería un error. Su mayor fortaleza no es la calidad de sus nombres, sino la armonía con la que todos interpretan la misma partitura.
Los Mundiales rara vez los gana el equipo que deslumbra más. Suelen conquistarlos aquellos que ofrecen menos dudas cuando el contexto cambia. Y ahí Francia parece haber tomado una ventaja. No porque haga una cosa mejor que los demás, sino porque hace casi todas bien. Quizá esa sea la diferencia entre un favorito y un verdadero candidato: el primero invita a imaginar cómo puede ganar; el segundo obliga a preguntarse de qué manera se le puede derrotar.