Ante las preguntas: ¿se dice esparatrapo o esparadrapo? ¿ideosincrasia o idiosincrasia? ¿interperie o intemperie?, encontramos las siguientes respuestas: Tiene que ver con ?trapo?, por eso esparatrapo; tiene que ver con ?idea?, por eso ideosincrasia; tiene que ver con el prefijo ?inter?, por eso interperie. Estas asociaciones incorrectas de dos palabras, ya sea por similitud fonética o atracción semántica, reciben el nombre de etimología popular. Dicho fenómeno lingüístico surge de la necesidad latente que tenemos de atribuirle a las palabras una motivación, una explicación de su origen etimológico, estableciendo una analogía incorrecta y ocasionando un verdadero "cruce de palabras". Aclaramos que existe mucha confusión con respecto al concepto y a los fenómenos que abarca la etimología popular, en este artículo salvamos el enredo terminológico partiendo de la definición más prototípica y generalizada de este fenómeno.
La etimología popular no es propia de los tiempos actuales, ya desde la etapa de formación del castellano se utilizó como un mecanismo para crear palabras. Así tenemos que veruculum (dim. lat. de verum, `barrita de hierro que corría entre dos armellas para cerrar una puerta?) devino en verrojo (DRAE), y luego en cerrojo porque el hablante cree equivocadamente que existe una conexión etimológica con la acción de cerrar. Es más, este mecanismo lingüístico está presente en todas las lenguas; en portugués, la etimología popular no hace la asociación con la acción de "cerrar" y opta por ferrolho, ya que se fija en el material del que está hecho el objeto: el fierro. Por otro lado, en Rumanía se escucha decir boliclínica en vez de policlínica, porque "bolin" significa ?enfermedades?.
Existe una diversa clasificación, pero en general podríamos hablar de etimologías populares accidentales y no accidentales. Decimos que es accidental, cuando surge de forma aislada y no crea un precedente significativo en la evolución del léxico. Este sería el caso de los "lapsus linguae" y también de juegos de palabras efímeros que se inventan para ocasiones concretas, por lo general humorísticas, veamos en el siguiente chiste como se juega con la fonética de las palabras "favor" y "babor": En un buque escuela un grumete recién llegado, mareado por el balanceo dijo: ¡Capitán, capitán! ¿Me podría decir dónde está el servicio en este barco? A lo que el capitán responde: Por babor. Y el grumete le replica: Capitán, por babor, dígame dónde está el servicio.
Por otro lado, los no accidentales son aquellos que se han estabilizado sistemáticamente en la lengua y tienen ya entrada en el diccionario: verrojo por cerrojo, antuzano por altozano (influencia de "alto"), o del cambio semántico de "aterrar", ?derribar? por "aterrar", ?aterrorizar? (influencia de "terror"). Véase en este último ejemplo cómo se asocia la fonética, se pensó que aterrar derivaba de ?terror?, cuando deriva de la raíz de ?tierra?.
Como vemos, la etimología popular ha sido un mecanismo de creación de palabras muy fructífero en la historia de nuestra lengua; pero también es una puerta abierta para vulgarizarla. En la actualidad, es curioso ver cómo algunos hablantes aplican la etimología popular y llegan a expresiones muy creativas, pero totalmente incorrectas; así tenemos que el inquilino se convierte en "alquilino" porque alquila y las "sandalias" se convierten en andalias porque está clarísimo que sirven para andar. Imaginemos lo preocupante que sería tener una lluvia de etimologías populares en una sola frase: "iré a ver a mi alquilino para prestarle un esparatrapo y taparte ese herida que te has hecho en el pie por estar sin las andalias a la interperie".

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