La sugerencia tuvo los correspondientes efectos adictivos. Quizá su lectura desnudó el fondo de la urgencia, de aquella necesidad por resolver o enfrentar algo. O simplemente hallar una forma para explorar en el pensamiento. Vaya uno a saber, lo único certero de estas palabras es la intención de recordar. De recordar y disfrutar la complicidad de un texto escrito con el favor del cigarrillo. Un cuento donde la ficción exhala la versión de una realidad.
Julio Ramón Ribeyro escribió "Sólo para fumadores" pensando en él y yo escribo estas líneas pensando en ese cuento que representó una forma de identificación. Una identificación que va más allá de las situaciones extremas que relata el cuento. Es más que todo un pretexto para expresar una nostalgia en tiempos de restricciones, en tiempos donde fumar es prohibición obligada.
La mayoría de restaurantes o cafés de Lima ejercen el mandato de la nueva ley, que contempla sólo las zonas al aire libre para el disfrute de los fumadores. La rudeza del invierno corre por cuenta del fumador, una especie de castigo social por su vicio tóxico. Pero no todos disponen de zonas al aire libre, y es ahí donde el calvario empieza. Los espacios se reducen y sólo queda abstenerse o largarse a otro lugar. Un lugar que posee categoría de utópico.
Los centros de educación superior también aplican la norma con la severidad de la ley, pero con el adicional de que en ninguno de sus espacios se puede ejercer el viejo hábito de fumar. En ese sentido, los jardines o áreas al aire libre quedan prohibidos. Así que literalmente queda la calle. Y nos quedamos en la calle prendiendo un cigarro sin comprender la exageración de la ley. Ahí, en ese espacio público, nos quedamos los fumadores, como una especie de seres en extinción. Resistiendo la tiranía de lo políticamente correcto hoy en día.
No voy a negar los riesgos para la salud, no voy a negar que el no fumador merezca respeto. Pero aplicar la prepotencia y la restricción tiene sus raíces en la intolerancia. En la verticalidad de aquellos que creen tener la verdad. Y ahí ya estamos en problemas. Hoy el cigarro, mañana el alcohol, pasado el sexo. Nadie sabe cómo vendrá el mundo en las manos de quienes creen tener la palabra sagrada. Y es que lo que intoxica más no es el cigarrillo sino la idiotez del radical. Una toxicidad demostrable cotidianamente.

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