Bien sabido es que soy católico por los cuatro costados. De allí que no quiero evadir el deber de tratar un tema que ha causado conmoción, debate y por allí alguna opinión ?respetable como todas las opiniones? que el Vaticano debe revisar la prohibición que tienen los religiosos (sacerdotes y monjas) de contraer matrimonio y, en general, de tener vida sexual.
Todo esto viene al caso tratar ante las noticias que nos llegan de Paraguay y que dan cuenta que el actual Presidente de la República de ese hermano país, Fernando Lugo, otrora Obispo de Asunción, mantuvo relaciones amorosas con una dama con la que procreó un niño que está a punto de cumplir dos años y que esa relación tuvo lugar cuando el hoy mandatario vestía los hábitos.
El ex Obispo ha tenido, para comenzar, la hombría de bien de reconocer la paternidad de ese niño. De allí que por esto no lo podemos juzgar, sino más bien reconocer que cuando se encarga un niño, es menester darle apellido, protección material y espiritual, como en efecto, ha anunciado el Presidente Lugo que lo hará.
El espinoso tema, quizá sirva para que el Santo Padre, que con su enorme bondad seguramente ha perdonado a Lugo, reflexione respecto de este celibato (prohibición de vida sexual) porque no hay que olvidar que sacerdotes y religiosas son seres de carne y hueso y tienen, como tenemos todos los mortales, la necesidad de tener una vida sexual saludable.
No es pues para escandalizarse, sino más bien para reflexionar, ni mucho menos para enfilar baterías contra la Iglesia Católica, porque "de todo hay en la Viña del Señor". Quizá el gran pecado del hoy gobernante y ayer sacerdote, es haber iniciado relaciones con una dama, cuando ésta tenía 16 años.
La ciencia médica, hace ya mucho tiempo, que mandó al tacho de la basura, los tabúes respecto del sexo y abogó, como lo sigue haciendo, porque las personas tengan una vida sexual sana y ordenada y si por falta hiciera citar algún pasaje bíblico, Cristo dijo: "Creced y multiplicaos".
Para meditar, como seguramente lo debe estar haciendo Su Santidad Benedicto XVI. Yo desde esta columnita emplazo al beato o beata que quiera hacer de esto una tempestad en un vaso de agua a que recuerde que Cristo dijo también: "El que esté libre de pecado que tire la primera piedra". Amén.