Caí en ese "río plomo", con medio cuerpo, y asustado reaccioné sin saber después cómo había logrado salir de él. Para entonces no entendí lo que significaba la experiencia ni la magnitud del riesgo que había corrido. En mi inconsciencia no me importaba saberlo. Espantado, sólo atiné a sacudirme de toda esa espesa capa de barro plomo que cubría todo mi pantalón y zapatillas. Esta experiencia sucedió en el asentamiento minero de Toquepala, donde viví casi toda mi niñez y adolescencia. Desde entonces tuve siempre presente ese "río plomo" barroso que recorría las quebradas y barrancos hasta llegar al mar. Mi padre se pasó casi toda su vida trabajando en esa mina de cobre que, en aquel tiempo, era administrada por la empresa norteamericana Southern Peru Copper Corporation.
Recuerdo que en mis años de colegio, en primaria, nos escapábamos con mis amigos a los barrancos para escalar esos escarpados de rocas gigantescas, donde crecían cures o san pedritos que, en el mes de mayo, nos daban sus zancayos que, después de lograr sacar todas sus espinas, disfrutábamos de su pulpa con un poco de azúcar. Así pasábamos las tardes, recorriendo esos paisajes resecos de barro plomo que se acumulaba en las riberas de ese "río" que se abría paso entre los cerros, plantas y algunos árboles que sobrevivían con sus hojas cubiertas por una delgada capa de polvillo plomo, producto de la fuerte contaminación que dejaban los relaves de la mina y que recorrían hasta llegar a las costas de Ite, distrito que entonces no conocía.
Por el verano de esa temporada recuerdo que mis padres nos llevaron de paseo, a mis hermanos y a mí, a las playas de Ite. Recuerdo que al ingresar a sus orillas, después de haber superado esos caminos de trochas y barrancos con nuestra combi VW, nos quedamos asombrados por los paisajes que nos anunciaban sus aguas azules, sus arenas blancas y resplandecientes, por el reflejo que provocaba la luz solar. Aún tengo presente la sensación de plenitud que me provocó esas costas y todo ese verdor que los bofedales exponían.
Lleno de alegría me propuse recorrer sus orillas, y apartándome de mis hermanos, continué hacia el norte, distinguiendo a lo lejos una gigantesca mancha plomiza que cubría una gran extensión de las playas. Sobrecogido por lo que observaba, me fui a preguntarle a mi padre qué era esa mancha ploma en el mar, y me explicó que esa mezcla de agua y barro plomo eran los releves que llegan desde Toquepala y Cuajone, residuos minerales que contenían todas las sustancias que se utilizaban para procesar el mineral.
En ese entonces, no podía comprender lo que representaba todo eso, sólo imaginaba que mientras dormía ese "río plomo" seguiría desembocando en el mar. Comprendí que ese río no era un río, sino un desfogue descomunal de relaves, conteniendo todas las sustancias tóxicas que implicaba el proceso para la obtención del cobre (por ejemplo, el cianuro), que desembocaba en esas playas. Entonces, toda esa presencia del "río plomo" que fue parte de mi infancia se convirtió en desencanto e impotencia, porque sabía que nunca más volvería a disfrutar de esas playas, y así fue. Ahora podemos ver lo que ha quedado de ellas y lo que continúa sucediendo.
Desde esta experiencia, qué queda del día del planeta, o el día del medio ambiente cuando en estos instantes una marea negra de petróleo cubre las playas de Louisiana y amenaza con cubrir las costas de Arizona y Mississippi. Qué queda del día del planeta, cuando en estos momentos, millones de barriles de crudos siguen soltándose bajo el mar a consecuencia del hundimiento y explosión de una plataforma extractora de crudo en el Golfo de México (casi 9,8 millones de litros, hasta ahora).
Con todas las calamidades que están aconteciendo por el calentamiento global, los efectos serán más intensos de lo que podamos imaginar. Lo que nos está aconteciendo significa que el dominio de la naturaleza por el hombre se ha convertido en la muerte de la naturaleza. Las minas tienen el poder de matar ríos, playas, como lo sucedido con el río Opamayo en Huancavelica, por la Compañía Minera Caudalosa S.A., con los ríos de Andahuaylas, Apurímac. Esas mineras tienen el poder y el dinero para hacerlo. Y sabemos que, por décadas, estas han utilizado todo su poder para ver la manera de infiltrarse en poder político, aportando "fondos" e indirectamente participar en campañas políticas. Ese tipo de negocios ha permitido que se solapen estos desastres y sigan contaminando los ríos y el medio ambiente, donde las reparaciones e indemnizaciones sólo cumplen la función de una mascarada para mitigar el impacto real que está provocando a nuestro planeta. La impunidad que logran no sucede por azar, y todo esto está sucediendo en nuestro Perú, en nuestra Tacna, en estos instantes.