Opinión

Túpac Amaru II: A 238 años de su levantamiento

Columna de opinión del internacionalista Miguel Ángel Rodríguez Mackay

04 de Noviembre del 2019 - 08:00 Miguel Ángel Rodríguez Mackay

Todos hemos estudiado en el colegio a la extraordinaria figura de José Gabriel Condorcanqui, Túpac Amaru II, considerado máxima expresión del levantamiento contra lo injusto. No existe ningún registro histórico que haya sido superior en su huella para protestar por la dignidad del indígena, despreciada desde los tiempos de Ginés de Sepúlveda, que decía que no tenía alma, en oposición a su defensa por Bartolomé de las Casas, llamado el “Apóstol de los indígenas”. Un día como hoy, hace 238 años, en la ciudad de Tinta (Cusco), encabezó la rebelión más sonada del virreinato, contra los abusos del corregidor Antonio de Arriaga. El cacique de Tungasuca, Surimana y Pampamarca, y también llamado inca –era nieto de Túpac Amaru I, el último inca de Vilcabamba–, no era un antisistema, tampoco un revoltoso ni un anarquista, por lo que ponerlo de ejemplo en ese marco es un grave error de conceptualización histórica.

Nació y creció en medio de la comodidad de una vida esencialmente sincrética, es decir, tan criolla apreciando la importante cultura española como exponiendo sus innegables entrañas indígenas. No fue un mestizo indiferente con el dolor de los aborígenes, que fueron sometidos a la mita, y por eso decidió ajusticiar a Arriaga. El poder español se impuso y fue derrotado junto con su esposa, Micaela Bastidas, los hijos de ambos y sus lugartenientes. Todos fueron ejecutados (1781) y el cuerpo de Condorcanqui –despedazado como el de William Wallace en Escocia (1305)– fue llevado a los confines del Cusco para advertir sobre nuevas rebeliones. Su legado estaba inscrito y por eso hubo más reacciones. Las circunstancias en Europa –La Ilustración y la Revolución Francesa (1789) y poco tiempo después, la invasión napoleónica de España (1808)– allanaron en América el proceso de la emancipación, apareciendo en las periferias del Virreinato del Perú, las denominadas Juntas de Gobierno, que a la postre serían la base del poder político de las futuras repúblicas con que el continente se mostró al mundo al comienzo del siglo XIX. El Perú no la tuvo porque aquí yacía concentrado mayoritariamente el poder español en América. Tenemos que saberlo.