Qué rayos significa hoy en día el Apra?, le pregunto aquellos que se dicen apristas de corazón. ¿Tiene futuro un partido que nació de la inspiración anarcosindicalista, se nutrió del discurso de Manuel González Prada, flirteó con el poderío de Odría primero, con el estiércol fujimorista después, y acabó siendo lo que es hoy (es decir, un concierto de vocalistas con hambre de poder y uñas largas)? Los resultados que obtuvo el Apra en el norte del país tras las últimas elecciones regionales y municipales no son más que una muestra más de su deterioro como organización.

En Lambayeque, Humberto Acuña y su partido dieron al partido de la estrella el tiro de gracia con un contundente triunfo en segunda vuelta. Si no fuese por José Murgia ?que tampoco la tuvo fácil y más bien sufrió su victoria hasta el final en la región La Libertad- el llanto aprista sería aún más copioso e inconsolable.

Los apristas más representativos de hoy, por supuesto, dicen que Alianza para el Progreso (APP) les gana porque su líder César Acuña regala víveres y hasta refrigeradoras, porque se porta como Papá Noel con los electores y compra conciencias. Supongamos que esto es cierto y que esa es la principal razón por la que el Apra pierde frente a APP.

¿Eso quiere decir entonces que hasta la gran masa aprista es comprable? ¿Y la mística de la que hablaba Haya de La Torre, de la que hablan los líderes actuales del aprismo? es que desde el Apra dicen esto es porque en el fondo este partido y su ideología no existe; existe sólo el oportunismo y el billetón.

¿Qué significa hoy el Apra?, vuelvo a preguntar. Y la respuesta, se me antoja, podría estar en los "petroaudios", en los negociados de Cofopri, en la indemnización tramposa de Fernando Barrios, en el despegue de las empresas constructoras del grupo Murgia, en las "perlas" de Valentín Fernández en Nuevo Chimbote, en los terrenos que se compran, se venden y se permutan en los valles de Chao, Chicama, Moche y Virú. Eso es lo que la gente común y corriente sabe y conoce del Apra, ya no más ese viejo ideal de pan con libertad o de servicio a la nación a cambio de cobrar un sol como sueldo básico.

Porque Víctor Raúl Haya de La Torre pudo ser un tipo que actuaba como dictador en su propio partido (como sus mismos discípulos lo admiten), pero por lo menos esa verticalidad mantenía una unidad que hoy es inexistente en el Apra, un partido que en la actualidad es manejado por gente que sólo piensa en mantener su cuota de poder y en meterle la daga por la espalda al compañero si es necesario.

Es decir, una organización en la que cada quien piensa en sí mismo más que en los objetivos por los que otros hasta ofrendaron su vida en el pasado.

Y lo peor de todo, para este histórico partido, es que las nuevas generaciones no parecen traer nada nuevo, no ve asomar a nadie capaz de ayudar a cambiarle la cara y romper la cadena perniciosa. Aquí no hay norte.