Tal parece que los peruanos no escarmentamos de lo que nos ha sucedido en el tiempo. No pretendemos ser chauvinistas, menos alentar la violencia. Por el contrario tenemos que ser amantes de la paz y la armonía, porque ello permite a los pueblos progresar y lograr sus objetivos. Sin embargo, ello no significa que seamos tontos, menos sumisos ante cualquier persona o país. La dignidad es algo que no se puede negociar. Si los chilenos vienen con sus dólares a invertir, no podemos cerrarles las puertas. Pero tampoco podemos permitirles que hagan lo que su gana les da. Los extremos siempre han sido perjudiciales en todo momento. En ese sentido llama la atención que una cadena internacional de capitales chilenos, como Ripley, pretenda abrir sus puertas sin haber cumplido con sus obligaciones. Le habrán dicho que como en el Perú y especialmente en Chiclayo, se hace lo que se quiere, máxime si se trata de gente con dinero y poder político, habrían deducido que pueden pisotear las normas. En Chile jamás operarían sin licencia de funcionamiento, y es que el acatamiento de las leyes en el país del sur, es de estricto de cumplimiento. Los peruanos y particularmente las instituciones nacionales, especialmente en Chiclayo, deben empezar por ser respetuosos de si mismos y de los demás. Ello aunque se tenga que chocar con personas poderosas o que tengan mucho dinero, porque a la corta o la larga, significará que los habitantes de esta noble como generosa tierra, nos reencontremos con ese pasado glorioso que significó progreso, pero en base a trabajo honesto y cumplimiento de las normas de esa época. Es también triste, que un buen número de peruanos, en el momento cuando personal del SATCH iba a hacer respetar las normatividad a la tienda Ripley, por no contar licencia de funcionamiento, salieron en defensa de los chilenos. La razón: ser potenciales beneficiarios de algún regalo. Que lástima, que vergüenza que por alguna dádiva, respalden la trasgresión de las leyes, poniéndose de lado de los chilenos y en contra de sus compatriotas, que solamente se limitaban a cumplir con sus obligaciones. Recordemos que se quieren quedar con miles de millas de nuestro mar; que hacen maniobras militares en claro desafío a la seguridad nacional, que siguen comprando armamento por doquier y que incluso contratan a espías peruanos para debilitar nuestra seguridad. ¿Con estos antecedentes podemos seguir confiando en los chilenos? ¿Podemos tener amistad con vecinos que de la boca paras fuera hablan de paz y armonía, pero que en los hechos demuestran ser más belicosos que antes? El país requiere de inversión y de nuevos puestos de trabajo, pero nunca a costa de hipotecar la dignidad, menos por vender nuestra conciencia. Que casos insólitos como el sucedido en Ripley, no vuelvan a ocurrir, menos en una ciudad acogedora como Chiclayo.

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