Chile, qué duda cabe, siempre será ese enemigo íntimo al que regalarle un centímetro de confianza resulta difícil -cuando no peligroso- y las pruebas están al canto.

El espionaje denunciado por estos días solo es un hilo de la madeja conspiradora que históricamente teje el vecino del sur en el afán de no verse superado por la perspectiva de desarrollo de nuestro país, amén de otras intenciones non sanctas.

Si no, cómo se explica esta enraizada animadversión y posición invasiva de los chilenos frente a los intereses del Perú, una tierra que -aun con estos riesgos y pecando de ingenuos comerciales- les abrió las puertas de par en par y ahora estamos llenos de empresas “mapochinas”, inclusive en rubros estratégicos para la seguridad nacional.

Así que caminemos con cuidado con los dirigidos por Michelle Bachelet (como ya lo advirtió Evo Morales). Desde luego que iban a negar cualquier involucramiento con el espionaje perpetrado por los agentes marinos. Ya lo hicieron en otras oportunidades. Lo que queda es curarnos en salud: abrir los ojos; entender que tenemos un vecino presto a romper las formas diplomáticas; reforzar la inteligencia y contrainteligencia; culminar la investigación y exponerla ante los foros respectivos; y no dejarnos pisar el poncho.

Es el momento propicio, además, para que Perú cierre totalmente sus fronteras, tal y como lo ordenó la Corte Internacional de Justicia de La Haya, y no seguir en las medias tintas de los chilenos que pretenden alargar la cantaleta de que el “Triángulo Terrestre” todavía está en disputa. ¡Basta!