Opinión

Un presidente sin partido

​La ciencia política señala que son los partidos políticos la correa de transmisión de la delegación de poderes que otorga el ciudadano a quien los va a ejercer en su nombre.

10 de Febrero del 2019 - 09:31 Rolando Sousa

La ciencia política señala que son los partidos políticos la correa de transmisión de la delegación de poderes que otorga el ciudadano a quien los va a ejercer en su nombre. Señala Giovanni Sartori (Elementos de Teoría Política, Alianza Editorial, 1992): “Al ser tan elevadas las cifras electorales, los partidos son un modo de reducirlas a un formato manejable. Los ciudadanos son representados, en las democracias modernas, mediante los partidos y por los partidos”.

Señala el mismo autor que “una visión realista de los procesos representativos se plantea por consiguiente, frente a un proceso con dos fases: una relación entre los electores y su partido, y una relación entre el partido y sus representantes. De ello puede desprenderse que el nombramiento partidista se convierte en la elección efectiva; los electores escogen al partido, pero los electos son elegidos, en realidad, por el partido”. Y es así que concluye (siguiendo a Duverger): “Al representante moderno se le confía un ‘doble mandato’, uno de sus electores y uno del partido, y es el mandato del partido el que prevalece, esencialmente, sobre el mandato electoral”.

Traigo a colación estas reflexiones teóricas ante el comentario público vertido por el presidente Martín Vizcarra de marcar distancia del partido Peruanos Por el Kambio, que fue el que lo llevó como integrante en la primera vicepresidencia de la fórmula presidencial encabezada por el renunciante PPK, señalando que lo hizo “como invitado”, en una evidente intención política de diluir cualquier atisbo de lealtad partidaria.

Eso nos deja en la situación excepcional de estar siendo gobernados por un presidente sin partido y, por ende, sin representación parlamentaria (formal, se entiende, ya que surgieron nuevas bancadas que pugnan de manera oportunista por ocupar ese sitial), no siendo este el mejor escenario si lo que se quiere es que prevalezca la institucionalidad democrática. No será suficiente gobernar con las encuestas y los medios, sobre todo cuando los problemas reales empiezan a golpear con mayor intensidad al ciudadano.

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