Cuarenta y dos casas tendrán prendidos en su puerta principal por una, dos, tres días o por toda la vida, un foco con luz amarrilla, el cual quemará, no como el sol, sino como el dolor de la muerte y la impotencia de ver a sus seres queridos acomodados en un cajón de madera, acolchado por dentro, pero que siempre incomoda el llevarlo a casa para alguien que hace poco le sonreía o lo llamaba por teléfono para anunciar que estaba a punto de viajar y que lo vería por la mañana, adornada esta por en un hermoso amanecer.

Treinta y ocho se adelantaron al inicio de un lunes donde varios regresaban de un -pensemos que fue así- relajante fin de semana para volver a sus labores, labores de comerciantes, profesionales, empresarios, amas o amos de casa. Abrazar a sus seres amados, seguir adelante como buen peruano, con la criollada por adelante, pero siempre adelante. Mira que irónica la sórdida y cruel vida que muchas veces le pone la cruz a esa criollada mal entendida, donde muchos confirman y reafirman que ellos son dioses, que nada les pasará y que como dueños de un volante también son dueños de las vidas que llevan. Porque ellos son los indiscutibles, apoyados por una delincuencia al volante que es comercializada por los dueños de las empresas de transporte. Sí, esos que no les interesa tener a buenos conductores, honestos, responsables, inteligentes, concientes de que son los únicos garantes de vida a más de medio centenar de personas en cada viaje; sino optan por el "pendejo, el vivo", el que llega lo más rápido posible para sacar más dinero al día, quien no exige cinturones de seguridad, quienes rebasan a todo aquel quien se le ponga adelante. Todo eso prefiere. ¿El resultado? Cuerpos regados, que luego son velados con velas donde no cae la cera, sino lágrimas de sangre.

Luego, como el sur de la región se había teñido de rojo un lunes por la mañana, un irresponsable (o varios) no tuvo mejor idea que hacer un paralelo o un "deja vu" en menos de 24 horas y regalarle una nueva portada con tinta roja a los noticieros. Cuatro más que se multiplican por cuatro elevado al infinito del sufrimiento, sufrimiento estacado en el corazón de quienes aún permanecían en su casa pasmados por los cuerpos regados en el accidente del lunes, quienes jamás pensaron que al levantar el teléfono iban a recibir una noticia sobre sus seres amados, los de toda la vida, quienes lloraron y rieron junto a ellos, y quienes habían pasado a la lista negra de tantas muertos en una Panamericana cada vez menos negra por la brea y más salpicada gota a gota por algo que nos da la vida y que nos la quitan con accidentes nacidos de la irresponsabilidad.

¿Y qué pasara hoy?, ¿o mañana? ¿más choques?, ¿más muertes?, ¿más heridos sin dinero para atenderse? ¿más velas?, ¿más ataúdes?, ¿más focos?, ¿más licor para aliviar el dolor?, ¿más velaciones?, ¿más sufrimiento? ¿qué más? Hasta cuándo tendremos una verdadera tolerancia cero, no sólo con las autoridades, sino con los transportistas y les exigiremos que respeten no las leyes, sino la vida.