Nadie conoce con exactitud cómo nació la diablada, la danza símbolo durante la fiesta de la Virgen de la Candelaria.
El periodista y abogado Samuel Frisancho Pineda -ya fallecido- solía narrar en sus incansables charlas de café en el "Club Kuntur" o en su modesta oficina repleta de libros y periódicos, que la diablada nació en 1675 cuando José Salcedo, un próspero minero, mandó derribar las casas de los obreros asentadas en las bocaminas del cerro Azoguine, pero no lo consiguió.
Los encargados de demoler estas viviendas quedaron sorprendidos porque vieron a una mujer vestida de blanco luchando contra el demonio que finalmente cae vencido.
Más tarde se confirmaría que la mujer no era otra que la Virgen de la Candelaria, este pasaje dio lugar a la diablada, danza típica de Puno y que representa el combate del bien y del mal, donde el mal es derrotado y debe bailar a órdenes de la Virgen.
Frisancho Pineda, destacado periodista, apoyaba esta tesis en la recopilación que realizó Enrique Cuentas Ormachea y que hasta la fecha no ha sido refutada por nadie.
La diablada era liderada por un ángel vestido de blanco y que en la mano derecha lleva blandiendo una espada para la ocasión; siguen los diablos, que lucen cabezas con serpientes y cuernos, además de sus coloridos trajes; las chinas diablas, que tienen menos adornos aunque llevan una careta y ningún otro personaje más. Con los años la danza ha logrado sofisticarse y ahora tiene alegorías y nuevos personajes, afortunadamente no han cambiado la esencia de la escenificación como tampoco cambió la melodía que muestra fuerza, ritmo, entusiasmo y sobre todo fe.
"A mí no me gusta la modernización de la diablada", me dijo alguna vez Frisancho Pineda, de hecho estaba contra los coreógrafos profesionales, los nuevos pasos que se han intentado integrar o a otras innovaciones que felizmente no han sido del agrado mayoritario.
La fiesta de la Candelaria irradia en la fe de quienes bailan.
Los miles de danzarines no escatiman ningún esfuerzo; en las semanas previas a la fiesta ensayan en plazas y parques, alistan sus trajes y todos sus detalles en medio de alegría, aquí se juntan pudientes y pobres, no hay discriminación, todos tienen en mente bailar y agradecer a la Virgen.
De otro lado están los alferados, aquellos que deben solventar los gastos de la megafiesta, tan grande como el carnaval de Río de Janeiro o de Bahía, ambos en Brasil.
Atractivo aparte son las bandas de música, cada vez más grandes, cada vez más complejas y por supuesto costosas.

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