En 1981, un año antes del diluvio, Mario Vargas Llosa realiza para su programa televisivo "La Torre de Papel" una peculiar entrevista sobre la mangachería. Las imágenes mostraban a don Félix Floreano cual añoso algarrobo encorvado, vigilante pastoreando tras de sus cabras en parajes hoy invadidos por pueblos jóvenes y también por nuevas urbanizaciones.

Aparte de su pequeño rebaño, el negocio de don Floreano era la venta de anisado en una casucha que habitaba en la calle Junín del tradicional barrio norte. No existían pisos y con las justas dos puntos de agua. El desagüe era de silo y jamás se le colgó algún medidor de luz, pues con los mecheros fue siempre suficiente para regalarnos ese especial ambiente de bohemia. Todo esto envuelto en hermosas antiguas canciones criollas que don Félix batía con su viola y su rastrera voz que parecía escapar de aquella invisible línea que separa la vida y la muerte.

"Está arriba don Félix!", era la expresión más común en la chinganita. "Cuánto le dio el escribidor?", "Nada hombre, solamente la puerta de calle que ven y doscientos soles", replicaba el viejo mangache, a sus inquisidores y aguardientosos clientes.

De manera tal que Vargas Llosa, al entrevistar a este bravo mangache, siquiera imaginó que el mayor palmarés de don Floro, como también le llamábamos, era haber sido guitarrista y cantor principal en la palizada de la Casa Verde, como se conociera a aquella picantería, chicherío y cantina, muchas veces sodomizada, plantada en los extramuros de una naciente Castilla, al otro lado del río.

El dueño, nos contaba don Félix, era un chiclayano de apellido Velásquez. Si bien es cierto La Casa Verde no era un burdel propiamente dicho, con cuadra de cuartos, sí era frecuentado por mujeres de la vida muchas de ellas provenientes de la tierra del huerequeque. En efecto, los burdeles en la Piura de aquella época, como en toda ciudad, estaban constreñidos a sus extramuros, a la palestra en la Av. Loreto. Allí quedaba lo de la Norma y lo de la América.

Según data don Felix Floreano, la Casa Verde se levantaba en parte de los terrenos que hoy ocupa el mercado de Castilla, y en esto es coincidente con los relatos de Vargas Llosa cuando dice que a hurtadillas se deslizaban por la orilla del río y aguaitaban como sacaban a las mozas y tenían relaciones a la luz de la luna. Versión coincidente recogimos de don Joaquín Córdova, muy conocido farmacéutico, quien ya supera los 90 años y que sí estuvo en vivo y directo en la Casa Verde.

Sólo de esta manera se explica porque nadie sale hoy a ufanarse de ser el dueño de este histórico inmueble, pues sencillamente ya no existe. Y es que no era un burdel la Casa Verde.

Con la reverencia a nuestro premio Nobel y su célebre novela "La Casa Verde", pero antes con la caricia del recuerdo de mis amigos del alma don Félix Floreano y Pepe de Armero, quien me lo presentara y que ya no están con nosotros, dejo aquí constancia de tamaña inexactitud.