JESÚS VÉLIZ
El logro más ambicioso de la cumbre de la biodiversidad, celebrada últimamente en Nagoya (Japón), como ya dijéramos brevemente la semana pasada, está referido al Protocolo de Acceso y Participación en los beneficios de los recursos genéticos.
El mencionado protocolo establece mecanismos para utilizar el material genético de animales, plantas y microbios en la producción de medicinas, alimentos, insumos industriales y en muchas otras aplicaciones.
La sociedad en su conjunto ha aprovechado de los recursos genéticos gracias a los conocimientos empíricos de los pueblos indígenas acumulados durante siglos de uso y observación.
Los pueblos originarios, son pues, depositarios de los conocimientos tradicionales, y protectores de buena parte de la biodiversidad del mundo. Sin embargo, sin un acuerdo internacional formal como el mencionado protocolo, era imposible que se les reconociera ese papel y se frene la explotación de materiales y técnicas.
Lamentablemente, sin cláusula vinculante y sin suficiente financiación para implementar el protocolo, muchos países pueden ignorarlo. Por el momento, sólo se ha destinado 3 mil millones de dólares anuales para la asistencia al desarrollo en materia de biodiversidad y conservación. Requiriéndose de una suma de 30 mil y 300 mil millones de dólares, en Nagoya, no se logró ese compromiso. Como Estados Unidos no es miembro del Convenio sobre la Diversidad Biológica, la mayor parte del dinero debe provenir de la Unión Europea.
Mientras tanto, hay que estar vigilantes para que la biopiratería no siga siendo practicada por empresas que se benefician del conocimiento indígena sin compartir las ganancias.

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