Un cerro de flores y pequeños homenajes personales son dejados por ciudadanos en la casa de , lamentando su muerte acaecida el pasado jueves.

El cruce de la calle 4 con la 12 del barrio de Hougthon, donde se ubica la casa en la que vivió Madiba, se encuentra cubierta de flores, velas y mensajes.

El entorno de la vivienda, acordonada fuertemente por la Policía, es una canción permanente entonada por decenas de personas que bailan y tocan tambores en honor al expresidente sudafricano, fallecido el pasado jueves a los 95 años de edad.

La tristeza ha sido sustituida por agradecimiento, los lamentos por gritos de exaltación, y las lágrimas por sonrisas de respeto hacia todo lo que consiguió.

"Él nos liberó, solo podemos recordarle con alegría", comenta una mujer negra que, gracias a la lucha que dignificó a Mandela, hoy no tiene problemas para mezclarse con los blancos en un barrio de blancos adinerados.

"De la oscuridad nos llevó a la luz; de la muerte a la inmortalidad; de la mentira a la verdad", agradece uno de los mensajes escritos frente a la puerta del "hijo de la tierra en la tierra del sol".

Además, numerosas familias se han acercado al domicilio del héroe sudafricano con sus hijos pequeños sobre los hombros para que pudieran ver el ambiente.

El cruce donde se ahora se erige un lugar de culto es el mejor reflejo del legado de Mandela, una mezcla de razas y religiones (hindúes, musulmanes, cristianos, sintoístas...) que rezan, cantan y bailan sin confrontación alguna, en paz y armonía.

Aunque también hay mercaderes en el templo, no faltan los puestos de recuerdos con el rostro de Madiba (como se conoce popularmente al expresidente en su país), los tenderetes con comida y los periodistas, que copan las aceras con trípodes y cámaras.

La ciudad entera se encuentra empapelada con el rostro de Mandela, con carteles pegados en los árboles, en las farolas, en los muros, en las vallas y hasta en los grandes murales publicitarios.

EFE