Chicle para tapar el hueco
Chicle para tapar el hueco

CONO NORTE. Tic tic tic tic tic tic... Por un momento estimado(a) lector(a) imagínese, sólo imagine que ese tic es el sonido incesante de la lluvia que por estos días cae en la ciudad, mientras Ud. se encuentra protegida bajo un techo caliente y abrigador.
Siga imaginando, sí, por favor, que se encuentra frente al televisor, Ud. ama de casa, mirando su telenovela favorita, y de repente una que otra gota se cuela por la ventana y se molesta porque le ensució el piso recién encerado.
Desde su cómoda vivienda, espera que los minutos y segundos pasen y "termine esta condenada lluvia, porque no he podido ir a comprar los útiles que me faltan", esa es su molestia y, además, es comprensible: la lluvia molesta... a veces, en otras mata a pausas.

EL OTRO EXTREMO. En el otro extremo de la ciudad, para ser más precisos en el Cono Norte, en la zona de Monserrat II, la señora Lidia Valenzuela Canales, ve con horror que la lluvia se cuela por el techo de calamina de su precaria vivienda, pircada con sillares, esteras y cualquier material que pueda servir para evitar que las gotas, que a Ud. le molestan, a ella no le inunden y le malogren su casita...
No ve la telenovela cotidiana, porque se pasa el día cuidando a sus 4 pequeños hijos, y mientras la menor se dedica a mascar chicle que minutos más tarde le "servirán tapar los huecos que tiene la calamina. Es la única forma que hemos encontrado para evitar que el agua se filtre", nos dice todavía en medio de la desesperación por el agua que busca filtrarse como sea, y parece un trozo relatado por Franz Kakfa, por la irreal que parece.
Claro, su vivienda a duras penas levantada en medio de otras similares, porque "como no tenía dónde vivir, con mi esposo que trabaja como agricultor, tuvimos que venir aquí, para tener un techo", relata en medio de una profunda resignación, por esperar mejores tiempos y, sobre todo, que la lluvia se aleje; sí, esa que a Ud. le molesta porque le ensució el piso limpio; en la casita de la señora Lidia literalmente la ahoga...

LOS ZAPATOS... Pero no solo se vale del chicle para tapar los huecos que son tantos y tantos, sino que acude a los zapatitos de su hijo, para tratar de levantar un poco la vieja calamina que amenaza venirse abajo en cualquier momento... Un soporte tan endeble como el propio pie del menor que nos mira entre admirado y sorprendido por la inesperada visita de este cronista...
A su turno, Yván busca los mejores ángulos periodísticos, pero el corazón se encoge por tanta pobreza, mientras la menor pide no ser retratada, aunque luego nos ganamos su confianza; claro, porque no queremos revelar su extrema pobreza, sino revelar las condiciones de vida de muchos miles de familias no solo como la señora Lidia, sino en toda la región Arequipa.

SIGAMOS. Ahora volvamos a Ud., mi estimada ama de casa, mientras afuera la lluvia sigue incesante y nadie parece detenerla, Ud. se antoja de acudir a los servicios higiénicos, jala la palanca y al agua discurre, bendita agua, sin mayores inconvenientes...
En el otro extremo, una de las hijas de la señora Lidia, acude al silo que está a punto de colapsar, no tiene papel higiénico, y no hay agua, solo lluvia, porque los habitantes del asentamiento humano Monserrat II, apenas disponen de una pileta para recibir el líquido elemento por la mañana y en la tarde. Es decir, agua a cuentagotas....

PARA CONCLUIR... Mi estimada amiga (ahora nos conocemos más) Ud. se dispone a descansar, porque el día ha sido largo, y acude a su dormitorio, donde un plácido colchón podrá recibir su humanidad... como todos los días, mientras afuera...
En el otro extremo, la señora Lidia pelea con las moscas, contra la falta de agua; contra la mísera pobreza; pero lo único cierto es que no tiene ni la menor idea dónde dormirá esta noche con sus hijos, porque ni los chicles pudieron evitar la coladera, y el colchón se mojó y no sirve...
Son dos historias iguales pero distintas, como cientos, como miles. Es necesario recordar que la ciudad de Arequipa fue borrada del Mapa de Pobreza, justamente porque no había pobreza.