CÉSAR VELIZ MENDOZA
El 1 de noviembre de 1 948 Huancayo es afectado por uno de los peores terremotos 6.7° con epicentro en Satipo que, por falta de información, hasta hoy se desconoce el número de víctimas.
Quien comparte las terribles experiencias es la abuelita Rosalía Ortiz. Cuenta que su hija Rebeca fue sorprendida por el movimiento telúrico cuando retornaba de la selva por la única carretera, por Concepción, que había quedado devastada.
Muy joven, naturalmente, y ante la falta de apoyo e información, decide ir en busca de Rebeca. No lo pudo hacer porque a pocos kilómetros de Concepción la vía estaba destruida y sólo había desolación.
Sin embargo, en valiente gesto el sargento de la Guardia Civil, Mario Egaz, solicita autorización a su comando para viajar al lugar del epicentro a rescatar sobrevivientes. Lo hizo tras largas y agotadoras jornadas y a la única que halló fue a Rebeca luego de caminar tres días y tres noches. Rebeca repuesta de la pesadilla y en su casa de la cuadra 12 de la calle Real narra a la familia el calvario que había padecido.
La angosta vía Concepción-Satipo es remecida, relata, como si se tratara del fin del mundo en los sectores de la variante de Runatullo, Comas, Mariposa y Calabaza. Se abrían enormes boquerones y observé, en medio del pánico, cómo caían a la profundidad un camión y un ómnibus. La tierra temblaba y se deslizaban enormes rocas y tierra de los cerros. Un milagro me salva de morir triturada, añade.
Los pocos sobrevivientes desorientados caminamos día y noche sin agua ni alimentos. Me perdí, recuerda Rebeca, y sola caminé por la orilla del río que parecía embalsarse porque subía y subía de nivel que me obligaba a caminar por las partes elevadas de los cerros de donde miraba cómo el agua se llevaba animales muertos, casas de adobe y árboles, hasta que me encontré con el sargento de la Guardia Civil, Mario Egaz.
Mientras esto ocurría cerca al epicentro, en Huancayo la información era escasa, dice la abuelita Rosalía. Los bomberos pronosticaban nuevos movimientos. El pánico se apodera de la población al enterarse que el tanque de agua ubicado en el cerrito de La Libertad corría peligro. Por eso cortan los servicios de agua y luz.
La población que no pasaba de 20 mil sobreponiéndose al frío nocturno dormía en la calle Real y avenida Giráldez. Eran más seguras por ser menos estrechas que los jirones Arequipa, Áncash, Puno, Cusco o Ayacucho. El resto era chacra y la calle Real terminaba en "La cadena", hoy Comisaría de El Tambo.
Los niños de entonces no comprendíamos el peligro y escuchábamos como un cuento de fantasía que en octubre de 1 746 el Callao había temblado durante 4 minutos. El mar se abría y 23 navíos anclados en la bahía fueron llevados por las olas hasta el hoy Mercado Central de Lima y los muertos eran más de seis mil. No era cuento. Es realidad como también es real que no estamos preparados para enfrentar la furia de la naturaleza.
Los tiempos han cambiado pero lo que no parece cambiar es la conducta que se debe observar durante un fenómeno sísmico. El Perú tiene ubicación geográfica de alto riesgo y lo cierto es que no estamos preparados para soportar un terremoto como el de Chile..
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Cuando Huancayo soportó un terremoto
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