Una de las celebraciones más esperadas en todo el Perú y en especial en la ciudad del Cusco es el Corpus Christi.
Miles de fieles devotos llegan desde distintas partes de la región para apreciar el paseo de todos los santos y vírgenes, que salen en su recorrido procesional por las principales calles de la ciudad, para deleite de los católicos creyentes, quienes ven reflejadas en las imágenes al mismo Dios hecho hombre, así como a la Virgen María, San José y sus apóstoles.
Se siente una fuerza de contrastes, fruncida por la majestuosidad intrínseca de la Ciudad Imperial. Y esta celebración cristiana significativa cobra allí carácter popular.
En ese tráfago de gentes y costumbres, la mística, la música andina y la reciprocidad andina se funden en una sola muestra de vida y trascendencia espiritual.
Muchas veces nos hemos preguntado cómo habría sido la celebración cusqueña en tiempos de la conquista, y sin duda podemos concordar en que fueron fiestas de diferente índole religiosa, pues en ese tiempo aún se veneraba a numerosos mallquis o momias de los antepasados e incas.
Pero que con la llegada de los españoles y los extirpadores de idolatrías se adoptaron vírgenes, santos, no santos (caso de Santiago 2) y el santísimo sacramento. Una forma visual de conocer algo de ese sincretismo ritual es mediante una pintura de la época en que, como una antesala de toda la ceremonia, se muestra un gran cuadro que mestra en ella a Cristo y los apóstoles, en el medio un plato típico, cuy al horno, protagonizan el pasaje evangélico de la Última Cena.
Dicen muchos autores que esta puesta en escena tenía un propósito didáctico: explicar, sencilla y directamente el motivo central del Corpus Christi: la Eucaristía entendida como presencia divina viva y actual.
Como una preparación que se anticipa al Inti Raymi (que se celebra el 24 de junio), la referida ceremonia cristiana tiene en el Cusco una fuerte marca de síntesis cultural de lo hispano y lo andino, en un mestizaje típico de la región sureña del Perú.
Por eso se trata precisamente de una fiesta religiosa que involucra al colectivo, sin discriminaciones, pues el pueblo concurre masivamente; se realiza el sexagésimo jueves posterior al domingo de Pascua de Resurrección, cuando se conmemora la institución de la Eucaristía en la Última Cena. El día central se festeja alrededor del 3 de junio.

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