Como las retamas de nuestros caminos ungidos de sol y de luna, sus canciones y recuerdos se yerguen altivos negándole olvido al tiempo. Su voz y sus himnos al amor ajeno, el amor amortajado, el amor inmortal, aún sacuden lágrimas y lamentos.
Ella no fue creación divina. Como un milagro del diablo, tiene su raíz en las desdichas humanas. Se llamaba Leonor Chávez Rojas, pero para sus fans y devotos musicales, era la Flor Pucarina, la única, la suprema, la incomparable del centro, la pasionaria del Ande, bajo cuyas polleras de nubes y arcoíris, se acurrucaban temblando mil tormentas de amor.
Había nacido el 21 de setiembre de 1935, en un hogar humilde del distrito de Pucará, uno de los pueblos con mayor tradición del Valle del Mantaro. Ahí, su niñez signada de carencias y privaciones, sin ternura paterna, corriendo descalza tras los chanchos y ovejas o vendiendo yuyo con cancha en las fiestas del Señor de Chilca. Desde ese tiempo, su vida patrocinada por la desgracia.
LLego a lima. Luego uniéndose a esa marejada migrante que llega a Lima para conquistarla y que tiñe a la capital con sus colores, sabores, sentires y ritmos, en 1944, dejó su lar nativo. Solo encontró desengaños, frustraciones e indiferencias. Sin embargo, ahí estaban los coliseos, como un bastión para las penas y para olvidarse de la indolencia que la fría ciudad avienta, a los que asiste religiosamente todo los domingos a entregarse al hechizo del huayno, la muliza y los recuerdos del terruño.
Un día, prefiere ser ella quien entibie las iras del alma y dé resuello a los espíritus tristes. Nunca olvidaría aquella tarde del 8 de diciembre de 1958 cuando los hermanos Teófilo y Alejandro Galván la hicieron debutar en el tabladillo del Coliseo Nacional. Alta, esbelta, imponente con su vestuario de cotuncha huanca, al llamado del violín y los arpegios del arpa, su voz surgió altiva para cantarnos eternamente.
Así Flor Pucarina se unió a esa pléyade de intérpretes y grupos musicales, héroes culturales con que los provincianos empezaron su conquista de la capital. De quienes José María Arguedas dijo: "Al inmenso pueblo de los señores hemos llegado y lo estamos removiendo. Con nuestros himnos antiguos y nuevos, lo estamos envolviendo. Hemos de convertirla en pueblo de hombres que entonen los himnos de las cuatro regiones de nuestro mundo, en ciudad feliz".
"No soy un ángel, el infierno camina conmigo, amé siempre y jamás fui amada". Así solía confesarse en sus veladas de delirios andinos frente a los micrófonos y las caras mudas de la fuerte cholada huarapera que ella tenía amarrada a sus tobillos, y que le seguían en tropel de coliseo en coliseo buscando refugio en su canto. Se había casado una vez pero naufragó.
"La Faraona del Cantar Huanca", que muy bien le dijera el periodista Cesar Veliz Mendoza, no solo le cantaba al amor, también le cantaba a la tierra, a la madre, a la hermosura andina, al caminito de Huancayo, al Trencito Macho Huancavelicano. No solo hacia suspirar, también hacia zapatear como lluvia primeriza de octubre. "Cuando Flor Pucarina canta, se goza o se llora", escribió Darío Chávez de Paz.
Tenía 52 años cuando se marchó al encuentro del silencio perfecto, víctima de una enfermedad renal. No se fue "sola, siempre sola", una multitud acompaño su féretro hasta el cementerio "El Ángel" cantando y bailando sus huaynos y mulizas. Ante esa conmoción multitudinaria, el sociólogo Rodrigo Montoya escribió: "Flor Pucarina debe ser vista como una heroína popular, como una mujer que supo encarnar el sufrimiento, la amargura, las frustraciones, esperanzas y alegrías de los migrantes". Así fue la vida de la sacerdotisa del cantar huanca, la espectral diva que por más de 25 años ardió en una hoguera de tormentos quechuas y maldiciones andinas, allí bajo la carpa saturada de vapores de caña brava. "Cuando me pierda cariño mío compra Correo, el vocero Huanca".

:quality(75)/arc-anglerfish-arc2-prod-elcomercio.s3.amazonaws.com/public/3HWKZ7IRB5BXBDR66JK3FJEIAY.jpg)
