Cuando la Virgen de Guadalupe se le apareció a un nativo mexicano llamado Juan Diego y le ordenó erigir una iglesia para su veneración, éste nunca imaginó que la noticia de ese prodigio se esparciría por casi toda la América Latina y mucho menos que el culto se afincaría en el Cusco.
A pesar de que en Cusco las vírgenes sobran, siempre hay espacio para una más. "Es la primera vez que festejo el día de la Virgen de Guadalupe y la primera vez que realizo un cargo en honor a esta virgen", dice Dionisio Quispe mientras sostiene una pequeña réplica rodeada de panes en sus manos y posa orgulloso para la foto del recuerdo al lado de la imagen de una virgen forastera.
"¡Forastera! No lo es de ninguna manera -replica sorprendido Julián Ccama, uno de los muchos feligreses que se han reunido en la plaza San Francisco en torno a esta figura indiana - la 'Guada' está en mi familia por más de cincuenta años. Es herencia de mis abuelos".
La manera en cómo Guadalupe extendió sus celestiales brazos y ganó adeptos en los andes peruanos nadie lo sabe, pero algunos de los creyentes alcanzan a explicar: "Hace muchos años atrás una inquilina que tuvo una tía mía en la calle Matará no pudo pagar el alquiler y en parte de pago nos dejó la imagen de esta virgen -dice Miguel Aráoz- desde entonces nos ha bendecido con muchos milagros -agrega-. Sin duda aquella mujer nos pagó mucho más de lo que nos debía".
Las bandas en torno a las muchas 'Lupitas' reunidas en el frontis de la iglesia inician una guerra sonora que ni el párroco logra acallar: rancheras, huainos y morenadas traspasan las macizas puertas del templo interrumpiendo los rezos de los que están adentro y poniendo en evidencia la universalidad del culto. En el atrio, la imagen de Guadalupe está envuelta por dos bandas que llevan los colores de las banderas mexicana y peruana, sellando así la conexión que hay entre ambos pueblos de antigua estirpe imperial e india.

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