El arte de la hojalatería representa la tradición artesanal de Ayacucho, pues desde mediados del siglo XVI, aparecieron los primeros maestros en Huamanga y tuvo apogeo en los años 80 y 90. Actualmente, este arte está en extinción, pues sólo hay un maestro hojalatero que sobrevive con este legado.
Teófilo Araujo Choque, natural del pueblo Estipe de la provincia de Víctor Fajardo, es el único exponente de la hojalatería artesanal en la región, pues lleva más de 60 años en este oficio que le ha permitido sostener a su familia.
TRAYECTORIA. Sus inicios en este arte fue en su infancia. Pues al quedar inválido a sus 9 años, dejó los estudios y descubrió el talento en la hojalatería. Su curiosidad le permitió aprender este arte al observar trabajos de compostura de los maestros que visitaban su pueblo.
Además, aprendió esta labor artesanal al ver a su tío que hacía reparaciones de objetos domésticos, que le ayudó a conocer los insumos y técnicas de este trabajo.
Cuenta que en 1960 hizo su primer trabajo en hojalata. Con latas de manteca y alcohol logró hacer una cruz de pasión que fue colocada en el techo de la capilla de su tierra natal. Desde ese momento, se abrió espacio en el comercio.
A sus 27 años, llegó a Ayacucho buscando un nuevo futuro artístico, es así que comenzó a comercializar hojalatas como baldes, peroles, regaderas y cruces.
Este maestro, hojalatero de oficio, recuerda con entusiasmo su máximo apogeo en el año 1978, pues con el apoyo de un maestro huancaíno abrió su fábrica de baldes produciendo más de 300 de éstos, hechos de calamina al día y comercializando en el mercado regional de San Francisco, Huanta y Huancayo.
Más adelante, la fábrica entró en quiebre, pues el boom de las calaminas fue reemplazado por poductos plásticos.
A pesar de ello, Teófilo decidió continuar con la hojalatería por amor a este oficio, pues este trabajo le permitía sostener a sus siete hijos que actualmente son profesionales.
Así este maestro ayacuchano dejó los baldes para elaborar artículos utilitarios y decorativos como mecheros, candelabros, cruces y entre otros, que eran indispensables en tiempos donde no había electricidad ni artefactos.
Hoy Teófilo a sus 73 años tiene su empresa familiar, donde crea una nueva forma de producción de hojalatería colorida, con productos utilitarios.

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