27 de marzo de 1984. Lo recuerdo como si hubiese sido ayer. "Lalo" Centenaro y Luis "Pilatos" García encabezaban una revuelta en El Sexto y, como tal, tomaron en rehenes a unos diez empleados penitenciarios. Exigían su libertad a cambio de los secuestrados.
J.J. Esquerre, jefe de Informaciones de El Comercio, me encargó tomar la batuta de un amplio equipo de prensa en el que se mezclaban redactores de Policiales, Locales y reporteros gráficos.
Nos dirigimos al penal en pleno centro de Lima y, desde allí, empecé a distribuir gente. Un par quedó en el lugar, y otros se dirigieron al hospital Loayza, al Dos de Mayo, al comando policial, a la Prefectura en la Av. España, pero también enviamos periodistas a la morgue y a otros lugares estratégicos. Era la nota del día y no era para menos.
Desplazamos fotógrafos a diferentes puntos alrededor de la cárcel (donde una vez estuvo preso José María Arguedas), y dos treparon a la azotea del Colegio Guadalupe desde donde, durante los crueles acontecimientos, se podían obtener las mejores tomas.
Minutos después arribaron los "Llapan Atic" (comandos, cuyo nombre significa "Los que todo lo pueden") de la Guardia Republicana al mando de un coronel que se había hecho famoso por adoptar en Ayacucho a un niño huérfano cuyo padre había muerto víctima de la violencia terrorista. Como jefe operativo estaba el célebre mayor Cereghino, corajudo "repucho" que llamaba la atención no solo por su temerario arrojo en cuanta operación actuara, sino, además, por su enorme vientre que, contra todos los pronósticos, no mellaba un ápice sus movimientos.
En vano los amotinados dieron el más cruel de los espectáculos para ganar su ansiada libertad. Acuchillaron en las piernas, en los brazos, en el cuello y en todo el cuerpo a los rehenes; a otros les prendieron fuego delante de las cámaras de televisión y reporteros gráficos, en un patético y macabro cuadro que la televisión local transmitió en vivo y en directo. Mataron a otro rehen de un balazo en el abdomen. Al narcotraficante Guillermo Cárdenas "Mosca Loca" lo torturaron y le cortaron una de las orejas a modo de presión, sin lograr su cometido.
Ya tarde, en la noche, un pelotón de la GRP ingresó al penal camuflado en un vehículo de auxilio, tomó el control de la situación a sangre y fuego y capturó a "Lalo" Centenaro, que fue sacado en calzoncillos rumbo a los calabozos. "Pilatos" murió en su ley, y sobre "Mosca Loca" se tejió la leyenda de que había huido y que el cadáver que allí quedaba no era de él. Estas conjeturas permitieron a los medios alargar sabrosamente dicha historia durante varios días más.
A raíz del debelamiento quedaron en el lugar más de treinta muertos, sin contar heridos y otros afectados.
Esto fue hace 30 años, pero parece que hubiese sido ayer.

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