"Les cercenábamos la cabeza, luego les cortábamos los brazos y piernas para quedarnos con el tórax y muslos. Esperábamos tres días para extraer la mayor cantidad de grasa, poco más de un litro por persona... En algunos casos sólo llenábamos la mitad de una botella y eso molestaba a Hilario Cudeña (el cabecilla)". Este es parte del aterrador testimonio de Serapio Veramendi Príncipe, quien sin remordimiento alguno contó a la Policía cómo mató a cada una de sus víctimas.
Esta leyenda andina, convertida en una escalofriante realidad, tiene como protagonistas a una "hermandad de pishtacos", según ellos mismos dicen llamarse.
Pero ¿cuáles son los pasos de estos crímenes, que han dejado de ser un mito? Según la declaración de los propios asesinos, éstos operaban en parajes desolados de Huánuco, Tingo María, Apurímac, Tarapoto y Huancavelica. Utilizaban una máquina a la que ellos llaman "wincha" para decapitar a sus víctimas.
Desde ese momento, los minutos para estos homicidas eran valiosos. Les cercenaban los brazos y piernas a sus víctimas y luego extraían las vísceras del tronco. Después los colgaban del tórax con ganchos metálicos en forma de "S" sobre una especie de horno (ver infografía).
En algunos casos procedían a quitar la grasa humana en el mismo lugar del asesinato y en otros acudían a laboratorios acondicionados en viviendas rústicas que eran una especie de camales.
LAS VÍCTIMAS. "Los pishtacos" operaban desde hace más de 30 años y la Policía no puede calcular la cantidad de personas a las que habrían asesinado. Sin embargo, en los últimos meses se ha reportado la desaparición de al menos 60 personas en las ciudades antes citadas.
"Ellos previamente estudiaban a sus víctimas. Por ejemplo, podían elegir a jóvenes parejas, cuyos padres, ante su desaparición, simplemente podían creer que se trataba de una fuga por amor. Entonces nunca denunciaban el hecho", explicó el comandante PNP Ángel Toledo, de la División de Investigación de Secuestros (Divise) de la Dirincri.
Tal como informamos, personal de esta unidad policial detuvo en Lima a Serapio Veramendi, así como a Elmer Castillejos Agüero y Enedina Estela Claudio, cuando llegaban de Huánuco para comercializar la grasa humana. Cada litro podría costar hasta US$15 mil.
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"Los decapitábamos y colgábamos tres días"
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