Como es costumbre, en diversas partes del mundo y en el Cusco, la Semana Santa es una oportunidad para reflexionar para los creyentes cristianos y además de realizar diversos actos de penitencia y de sacrificio; uno de ellos es realizar el ayuno en Viernes Santo o, en todo caso, acompañar a Dios, en el martirio de su muerte en el Calvario.
En Cusco, por ejemplo, es costumbre cocinar 12 platos el Jueves Santo, esto con la tradición antigua, pero con el correr del tiempo la costumbre pasó a efectuarse el Viernes Santo, para rememorar la presencia de Jesucristo, reunido con sus doce apóstoles en la cena del Señor.
Leocadia Díaz Ccorimanya, una de las antiguas vendedoras del mercado San Pedro, recuerda sus años de juventud y nos manifiesta que en esta ciudad los platos típicos están preparados a base de quirco, las sopas de maíz, las denominadas lawas, la sopa de olluco o lisas a base de leche con queso, otro es la sopa de viernes que en su mayor parte se prepara a base de caucau, machas, llullucha, complementando con un sudado de bacalao y los postres, guisos de durazno y mazamorra, arroz con leche, acompañados por las sabrosas empanadas, condesas, rosquillas y sus variedades.
Por su parte Ernestina Cabrera, vendedora de productos alusivos a Semana Santa, dice que los productos han bajado a comparación del año pasado; por ejemplo, caucau oscila entre 40 a 50 soles el kilo, machas 60 soles el kilo, las chancacas que provienen de Cajamarca y de Lucre, que son imprescindibles para los postres.
Lo cierto es que las tradiciones se adecuan a los pedidos de los sacerdores hacia a la feligresía como es privarse de "todo lo malo", no sólo en un sentido penitencial, sino también en un sentido de sentir hambre y de vivir la palabra de Dios.
Esta es una práctica reciente aparecida en la época de la República. Las familias comienzan a imitar las grandes comidas que se podían haber hecho en España, llegando así a la preparación de los doce platos. Esto vendría a ser la parte de la Cuaresma.
La abstinencia tiene un simbolismo de purificación que le permite al creyente recobrar la humildad, con una penitencia que no conduzca al autocastigo.

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