Uno de los argumentos utilizados por los promotores del impuesto a la "sobreganancia" minera giraba en torno a la suerte; esto es, la fortuna inesperada brindada por el espectacular entorno económico mundial, el cual suponía una demanda creciente de los commodities locales. En palabras de uno de estos auspiciadores, el impuesto era un imperativo, dado que los gigantescos márgenes que disfrutaban constituían "maná caído del cielo".
Esto, por supuesto, es una bobada: ningún empresario invierte sabiendo de antemano el caudal de la oferta y demanda futura. Ergo, en una realidad empresarial, la suerte -o mala suerte- existe siempre en dicho sentido. Hoy que los commodities vuelan será lo primero, y mañana puede perfectamente revertirse hacia lo segundo. Esto supone un problema para el empresario; no obstante, no sólo hay que recordar que ello es parte de la realidad diaria del empresario, sino además un problema que se resuelve en el ámbito estrictamente privado (esto es, significa un problema que debe ser resuelto por cada empresario, y se resuelve sencillamente vía el mercado, el sistema de precios y la utilidad o pérdida contable).
Los ingresos del Estado no son, en dicho sentido, iguales. Durante los últimos 10 años, el Presupuesto del Estado Peruano ha crecido en 270% (¿alguien dijo "maná del cielo"?), producto de los impuestos recaudados -aquellos que se lograron "suertudamente", en esta visión reduccionista de las cosas-. Empero, a diferencia de la actividad empresarial, donde el empresario mantiene control sobre variables clave que constituyen el fundamento de los márgenes empresariales -redes, conocimiento gerencial, acceso a capitales, etc.-, la del Estado depende en gran medida de lo que ocurre en el nivel empresarial.
Dicho esto, sería importante que ambos actores, Estado y empresarios, entiendan la incómoda situación en la que podrían poner a los peruanos de seguir con este absurdo juego de intercambiar papeles y roles en la actividad económica: algunos empresarios jugando a hacedores de políticas públicas y los estatistas creyéndose el cuento del empresario social.
La idea de promover el crédito, vía el Banco de la Nación, para que funcionarios públicos hagan turismo interno,aplaudida por algunos empresaurios locales, es un ejemplo notorio de esta insensatez mercantilista, una que esperamos sea rápidamente desechada. Habría que recordarles, a los creadores de tan estrafalaria idea, que el buque insignia de este gobierno es la reducción de la pobreza manteniendo el modelo de desarrollo empresarial, no la mejora de un sector específico -léase Turismoen desmedro de mejor calidad educativa, mayor seguridad frente al crimen organizado, mejoras en salud, innovación y tantas otras formas de aliviar la miseria existente.
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Maná del cielo
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