Manuelito tiene las mejillas coloradas, los brazos abiertos y la mirada pícara. Algunas veces está cansado y otras veces risueño. Con una mano en la sien pareciera que algunas veces trama algo y las lágrimas cristalinas que brotan de sus ojos vivarachos, luego de retirarse una espina que se le alojó en el pie, son la consecuencia de sus múltiples travesuras. Manuelito es un auténtico niño cusqueño.
Cuentan las crónicas de la colonia que allá por el siglo XVII los clérigos españoles, Biblia en mano, repetían las palabras del profeta Isaías para alabar un nombre que a los indios nativos les sonó bien extraño: Enmanuel. Los párrocos les explicaron que este apelativo quería decir en realidad "Dios con nosotros". La degeneración fonética y el paso de los años hicieron el resto: pronto los habitantes del Cusco virreinal empezaron a llamar al Mesías con el nombre de Manuel. Era el inicio de un tradición que hoy prevalece a pesar del paso de los siglos.
Antiguamente, en el interior de los muñecos se colocaban joyas. "El Manuelito debe tener alma de oro -dice Liliana Aguilar, vendedora de estas figuras muy cusqueñas-, estos niños son diferentes al resto de los niños navideños; el niño cusqueño se caracteriza por tener un paladar de plata y los ojos de cristal, además de tener el cabellito natural de color negro y ensortijado".
Hecho de pasta de arroz, la manufactura de este niño no es la del común. "Yo he hecho Manuelitos desde que tengo ocho años ?cuenta Veronica Cuba, una artesana?, ayudaba a mi abuelo. Estos niños no los hacemos en molde, como sí se hacen los niñitos arequipeños; lograr meter un espejito en el paladar de este niño requiere de mucho cuidado".
Como protagonista de las fiestas navideñas y debido a su carácter, Manuelito tiene algunas exigencias. Así, en el mercado de Belén, unos cinco Manuelitos ingresan a quirófano: quiñaduras, deditos rotos, y el paladar de plata o los ojos sin pulir. "Muchos traen a sus niñitos para un retoque antes de que ocupen su lugar en el nacimiento", dice Sandra Quispe, mientras pule los ojitos del niño hasta dejarlos refulgentes.
La indumentaria es otra cosa, ajuares de casi todas las provincias cusqueñas visten a esta pequeña criatura. Felipa Alanoca de la Cruz es una dulce viejecita sambleña que lleva diez años confeccionando ropa exclusivamente para Manuelitos. "Confecciono trajes para los niños de todos los tamaños", dice, mientras sostiene a una imagen del Niño de la Espina.
Durante estos días cientos de cusqueños se vuelcan para adquirir uno de los niños que se venden en los mercados a la espera de que llegue el día de la Nochebuena.
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Manuelito, el travieso niño del Cusco
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