In memoriam: “Un cuadro de Fernando de Szyszlo”

El docente iqueño César Panduro narra una anécdota personal que retrata al gran pintor peruano.
In memoriam: “Un cuadro de Fernando de Szyszlo”

In memoriam: “Un cuadro de Fernando de Szyszlo”

11 de Octubre del 2017 - 10:36 » Textos: César Panduro - colaborador » Fotos: Grupo Epensa

El pasado lunes 9 de octubre, el artista plástico Fernando de Szyszlo y su esposa Liliana Yabar fallecieron producto de un accidente doméstico, a los 92 y 96 años, respectivamente. En Correo Ica nos sumamos a los homenajes a la pareja publicando un In Memoriam realizado por el docente iqueño César Panduro donde narra la calidad humana de este gran hombre que dio mucho al Perú no solo en las artes sino también en su apoyo a la democracia.

"Un cuadro de Fernando de Szyszlo"

Quiero ser fiel y agradecido con un ser humano que tuvo un gesto de ternura hacia mí. No fui su amigo, pero lo admiré más cuando se portó como pocos amigos, siendo generoso. La Biblioteca Abraham Valdelomar de Huacachina, organizó hace algunos años atrás unas conferencias sobre la obra de Valdelomar. El invitado de ese mes era Fernando de Szyszlo, sobrino carnal del gran escritor, además de uno de los mayores referentes de la pintura latinoamericana. 

Gracias a las gestiones de Fernando Carvallo pudimos entablar comunicación con Szyszlo al que inmediatamente le gustó la idea de hablar en la tierra de su madre y de su familia en general. Le hice una entrevista que salió publicada en El Comercio y luego en el diario Correo de Ica. 

Don Fernando vino junto a su esposa en su propio carro. Para muchos de nosotros era un sueño tener a un intelectual y artista de su talla en Ica. Yo quería contarle cómo supe de él, cómo me enteré de su apellido, pero me sentía intimidado de que sintiera que lo hacía perder su valioso tiempo. 

Le escribí una carta donde le contaba que yo tenía quince años cuando estuve en Lima, trabajando como ayudante en construcción civil, y que extrañaba a mi madre mucho. Sin embargo, me daba mañas para viajar a Ica cada dos semanas. 

Mi madre gustaba de coleccionar cuadritos que compraba en el marcado modelo y a que colgaba con mucho entusiasmo en las paredes de adobe de su sala y cocina. Yo quise regalarle uno, pero no quería que fuera uno simple de diez soles, sino uno caro, no importaba que se fuera casi la totalidad de mi semana con tal de verla feliz. Entonces, decidí comprar un cuadrito, no en el mercado de San Juan de Dios, sino en Miraflores. 

Cada vez que yo pasaba por las galerías miraba tras los vidrios de los buses hermosos cuadros y me decía que le iba a llevar de regalo uno a mi mamá. Entonces fui a comprarlo. Recuerdo que hubo uno con manchas azules que me llamó la atención. Me hacía recordar el mar, al que mi madre nos llevó a mis hermanos y a mí a conocerlo en Pisco. 

Cuando estuve frente al cuadro, me gustó más porque había una mancha bermeja dentro del agua que le daba misterio a ese fondo marino. Vino una señorita muy amable a preguntarme qué deseaba. Yo en mi inocencia y ella en su sorpresa, que un chico de ropas pobres y mirada triste, preguntara por ese cuadro. Le pregunté cuánto costaba. Se sonrojó, quizá, se apiadó, y me dijo que era un cuadro muy caro, y que costaba doce mil dólares. Yo tenía como máximo de gasto cien soles. 

¿Señorita y por qué tan caro?, es que es un Szyszlo, me respondió- y que marca es ese Szyszlo- la señorita sonrió y me dijo que no se trataba de una marca sino de un pintor. Salí entumecido, con la plata que llevaba no compraba ni un pedazo de ese maravilloso sueño pintado en ese lienzo. 

Salí a la calle, caminé un rato por Miraflores. Volví a casa de mi tía, y fui a comprarle una reproducción de naturaleza muerta hecha por Cezanne que hasta ahora tiene mamá en su cocina ahora de cemento. 

Yo le escribí esto a Szyszlo. Le entregué la carta en el Hotel Mossone, donde se hospedó. Esa noche dio una linda conferencia en el Centro Social Ica sobre su tío y al otro día contó sus experiencias a los estudiantes de la Escuela de Arte Sérvulo Gutiérrez. 

Antes de su regreso a Lima me llamó a un lado. Me dijo que había leído la carta y que lo había conmovido. Me dejó un sobre. Yo pensé que era la carta, pero, en el sobre había un dinero que estrictamente me pedía por escrito que usara para mis pasajes Ica-Lima-Ica. Es más, me dejó consignado el día. Jueves y que no pase de las 12 del día. Yo viajé el jueves casi de madrugada, extrañado sobre el por qué me citaba si yo era casi un desconocido. Lo encontré un poco apurado, yo no sabía que los jueves para él era un día sagrado. Me hizo pasar a su estudio, me dijo que me tenía un regalo. 

Llamó a su ayudante y me entregó una pintura suya. La dedicatoria me conmovió hasta casi llorar. Volví a Ica cargando la obra de un pintor cuyo apellido yo había confundido con el nombre de una fábrica. 

Ese cuadro lo tengo ahora frente a mí. Es azul y tiene una línea roja en el fondo de Mendieta, su playa predilecta. La última vez que lo visité fui con el pintor iqueño Gilmer Kong, a quién trato de colega, y le dijo que persistiera. Fue conmovedor ver a ese hombre llorar por Sérvulo Gutiérrez, de quien decía que era el mejor pintor peruano del siglo XX. 

Descanse en paz don Fernando, usted y su esposa. Duerman parafraseando al Vallejo que usted tanto admiró, que duerman en una tumba como dos hermanitos. Gracias por venir a Ica y hablarnos de su tío y de usted con humildad, cariño y hasta con nostalgia de saber que en Ica su sangre tenía sus orígenes.

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