Chimbote . Isabel Rodríguez Lozano tenía solo 7 años cuando el terremoto del 31 de mayo de 1970 la sorprendió jugando con sus hermanos en la sala de su casa, frente a la playa, en Miramar Bajo. "Primero fue un movimiento suave y no salimos, pero cuando la tierra se sacudía más fuerte corrimos a la calle y vimos cómo las demás casas se destruían y del suelo brotaba agua. La pared trasera de mi casa se cayó. Fueron momentos de terror", cuenta.
¿Qué tanto hemos aprendido 40 años después de una de las peores catástrofes de nuestro país, que trajo como consecuencia más de 80 mil muertos y 20 mil desaparecidos? Al parecer... nada. Isabel sigue ocupando la misma precaria vivienda de su infancia y aún se pueden notar varias rajaduras en la pared. Si otro sismo de considerable magnitud remece nuestra ciudad, ella y sus vecinos son las primeras potenciales víctimas mortales; peor aún si tras el sismo se produce un tsunami.
LA HISTORIA PODRÍA REPETIRSE. Manuel Hermoza Conde es el profesional más indicado para decir si en algo ha cambiado nuestra conducta de prevención en desastres naturales durante todo este tiempo. Al mes de graduarse como ingeniero civil en la Universidad Nacional de Ingeniería, fue enviado a Huaraz y Chimbote como parte de la Comisión Evaluadora de Daños que encabezaba el reconocido sismólogo Julio Kuroiwa.
La conclusión de Hermoza Conde fue una sola: gran parte de las viviendas colapsadas habían sido construidas sin la supervisión de un experto. Por eso muchas de ellas se convirtieron en trampas mortales -y también en tumbas- para sus dueños que no lograron ponerse a salvo. "De producirse otro terremoto como el de 1970 los daños serían mucho mayores porque aún continua la informalidad a la hora de levantar las casas", pronostica enfático y temeroso. Agrega que a pesar de que ahora existe una reglamentación especial para la construcción de viviendas y las municipalidades deben supervisar cada una de las obras, esto realmente no se cumple. "Por un lado la gente continúa con sus propias negligencias y, por otro, la municipalidad no pone a un supervisor en cada proyecto privado a pesar de que el solicitante paga por eso cuando saca su licencia de construcción", explica.
PUNTOS DÉBILES. Manuel Hermoza también afirma que las casas más vulnerables ante un movimiento telúrico y que caerían como un juego de dominó son aquellas construidas en terrenos donde la napa freática (nivel del agua) está a menos de un metro, como en el caso del casco urbano de Chimbote, El Acero, Víctor Raúl, Manuel Arévalo, Ramal Playa, etc. Todos esos lugares son húmedos y arcillosos.
El distrito de Nuevo Chimbote es más seguro pues su terreno es más compacto y la napa freática es de 15 metros de profundidad. "Uno puede construir en zonas pantanosas como sucede en todo Chimbote, sin embargo esto requiere de mucha inversión pues es necesario, en el caso de los edificios grandes, colocar pilotes y en la base poner mallas de fierro con concreto armado. El local del Poder Judicial es un claro ejemplo de eso", argumenta el experto.
El metro cuadrado de la construcción de una casa con todos los requisitos de ley y especificaciones técnicas tiene un costo promedio de 400 dólares. Y como la gente de menos recursos económicos no puede asumir ese monto, Hermoza Conde sugiere que los gobiernos locales, el Gobierno Regional y el Colegio de Ingenieros brinden asistencia especializada a los ciudadanos para elaborar los trazos y planos de su futura vivienda.
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¿Qué hemos aprendido 40 años después del terremoto del ?70?
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