"Todo tiene su final", reza una canción famosa y muy popular. Pero para el mundo andino el adiós no existe, sólo el hasta pronto. Así el Kacharpari o fin de fiesta no se vislumbra como tal sino podría tomarse como una resistencia a la culminación del festejo.
Para Leonardo Arana, representante de la agrupación cultural Filigrana, el Kacharpari cusqueño refiere la despedida breve acompañada del agasajo: "Es hasta una próxima vez, es el agradecimiento por haber participado en el jolgorio y es menester de ser agasajado y de ser agradecido". Hasta en las despedidas se festejan.
Danzas como el chacuy, saraclachay y huaylash antiguo se ejecutan a un lado de la plaza San Francisco como último acto festivo, luego de la avalancha dancística durante los días previos. Todo parece más calmo. Por otro lado, el culto a Dios es algo que debe respetarse al máximo; por ello, los sacerdotes de la orden franciscana pidieron a los representantes de la EMUFEC que aguardaran unas horas antes de iniciar con las ruidosas bandas que interrumpían las celebraciones eclesiásticas.
Sin embargo, una vez cerradas las puertas del templo las personas no olvidan a Dios, pero sí se sumergen en el retumbar de los platillos; comienza el baile, la comida no se hace esperar y ya humea en las mesas: "Es nuestra fiesta del 'hasta luego', años anteriores corría el peligro de perderse pero los cusqueños estamos comenzando a revalorizar las actividades en espacios públicos, antaño nuestros abuelos se reunían aquí para rematar las celebraciones cusqueñas, y aunque actualmente, en estos tiempos de cambios, las personas somos más ausentes, creemos que esto puede revertirse si hacemos hincapié en no perder las tradiciones de las que somos herederos", finaliza Silvia Uscamayta, presidenta de Emufec. A nadie le gustan los finales tristes, mucho menos a los cusqueños.
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Tupananchiscama,
no hay
adiós
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