Un viaje rápido por la cruda realidad del Vrae
Un viaje rápido por la cruda realidad del Vrae

Muchos nos advirtieron del peligro al que nos exponíamos. De lo inseguro que es caminar por la enmarañada selva del Valle de los ríos Apurímac y Ene (VRAE), de la presencia terrorista, de los mosquitos, del calor agobiante y de la miseria en que están sumidos varios pueblos.
Reza el dicho popular que la sarna con gusto no pica. Y eso parece que viene ocurriendo en el VRAE, donde el tiempo parece haberse detenido, donde aparentemente la paz y tranquilidad son moneda común, donde un menú puede llegar a costar 15 soles y lo pagan los obreros y visitantes sin chistar. La calma se rompe en las noches y madrugadas cuando los helicópteros del Ejército sobrevuelan la espesa selva y se rumorea de la caída de algún padrino o semicapo de la droga. Las ráfagas de metralletas rompen ese silencio que diariamente es bañado por la lluvia que convierte las calles en literales manantiales.
Para llegar al VRAE son dieciséis horas de viaje en serpenteados caminos que cruzan la espesa vegetación de Ayacucho. Desde la ciudad de Huamanga tomamos el camino rumbo a Pichari, una localidad de ceja de selva del Cusco a la que se llega cruzando un puente que lleva el nombre de San Francisco.
Tras seis horas de camino pudimos observar la sinuosa geografía, la vasta vegetación que no da respiro a casi ningún paraje sin presencia de la siembra de la hoja de coca. Para acceder a la zona denominada Valle Esperanza hay que hacer una larga travesía surcando el río Ene desde Puerto Cocos en Cusco.
Allí el transporte es en lanchas rudimentarias que al mínimo movimiento pueden voltearse. Si tiene un gusto aventurero y quiere que la adrenalina fluya, ¡adelante! Nosotros ya desistimos para siempre.
Tras dos horas a bordo de la precaria embarcación constatamos los rápidos en el río y cómo los transportistas conocen bien esos tramos, guiándose con un palo. Por esta actividad ellos llegan a ganar diariamente entre 400 y 500 soles. Sólo por este viajecito nos cobraron 200 soles.

"MOCHILEROS". A lo largo del accidentado trayecto vimos cómo algunos jóvenes, ocultos, esperando el transporte fluvial desde el otro margen del río, llevan sobre sus hombros costales de hoja de coca que serán procesados en pozas de maceración para luego extraer el alcaloide. Por cada faena de éstas cobran entre 60 y 70 soles. Ahí es donde nos informamos que los laboratorios procesan 375 kilos de hojas de coca para producir un kilo de cocaína y que dicha producción es custodiada por Sendero Luminoso.
Esos cargadores son también lo que se llama "mochileros", que participan en el transporte de la droga propiamente dicha hacia la sierra, para buscar los corredores y atajos que la llevarán a la costa y de ahí al exterior. El conductor de la lancha nos advierte que es mejor no mirarlos mucho (a esos "mochileros") porque tienden a ser violentos con todo sospechoso ajeno a su mundo. Le hacemos caso y guardamos la cámara, cuando observamos que uno de ellos estaba armado.
Ese pase a la costa tiene un alto precio que cobra Sendero Luminoso a los capos del narcotráfico, previo control de los referidos corredores. El precio también es en sangre y muerte. Tanto es así que desde el 2008 han asesinado a 50 militares.
La Policía antidrogas y los expertos afirman que capos colombianos y mexicanos compran los cargamentos en Lima y las principales ciudades costeras, como Chimbote, para "exportarlos" por el Pacífico en grandes cantidades a Estados Unidos y Europa.
No es pues casual que la ONU haya señalado al Perú como el principal productor de coca del mundo, cuasi superando a Colombia, como lo señala el diario El País de Colombia en su edición del último 26 de diciembre.

YAVIRO. Volvamos al viaje. Existen comunidades que sobreviven al olvido del tiempo. Prueba de ello es la comunidad nativa de Yaviro, en Junín, donde llegamos y nos recibe el alcalde de Valle Esperanza, Maximiliano Barrientos. Él es nuestro nexo con esta comunidad que de arranque nos muestra cómo es que se defiende de los extraños. Salen a las puertas cuatro jóvenes premunidos de escopetas con retrocargas, como ronderos. No hablan español, pero sí saben qué hacer cuando les ordenan sus superiores.
El representante de los Yaviros, que sí habla claramente el español, nos mira con reticencia. Nos comunica que su comunidad no quiere el ingreso de extraños porque no saben qué "beneficio" lograrán con ello. Nuestra mediación, algo dura, fue para hacerle comprender que deberían abrirnos las puertas para saber de sus necesidades y que sólo así las autoridades tomarían las decisiones para que les llegue ayuda.

Cedieron. Pasos más adelante el interlocutor nos contó que había desconfianza porque el pasado mes de julio llegó la prensa para cubrir una actividad de la entonces ministra de la Mujer, Nidia Vílchez, pero como no se produjo, obviamente no hubo ayuda ni levantamiento de información de sus necesidades.

CIEGO. Paso a paso vimos cómo parte de sus 419 moradores viven en chozas de paja sin ninguna comodidad. Las enfermedades gastrointestinales son comunes en esta población que aún espera los servicios básicos como agua potable, electricidad, medicinas, entre otras. Duermen sobre tapetes con tules para evitar el pique de los mosquitos. Una anciana de 90 años nos habla en su dialecto y clama ayuda para detener el dolor en sus piernas. Literalmente se arrastra, hace años que no camina.
Del otro lado de la casa hay cuatro mujeres que pelan yucas al lado de tres troncos de madera cuyas brasas son el soporte de una olla vieja que despide aroma del masato o chicha de yuca, su bebida tradicional. Hoy comerán yucas asadas con pescado ahumado. Unos pocos bocados para diez personas, afirman. La matrona nos grita que no quieren vivir así, que el presidente Alan García no les quite sus tierras, que quieren vivir en paz. ¿Qué tendría que ver Alan García respecto de sus tierras?
Más adelante un ex dirigente de la comunidad camina con dificultad y nos recibe con una sonrisa, pese a estar ciego. Nos contó que fue tras un ataque terrorista de Sendero Luminoso, en los años noventa, cuando era rondero, en que perdió la vista. Desde aquel penoso incidente nunca recibió atención médica. Hoy es un viudo con cuatro criaturas.

¿POSTA MéDICA? Las calles de la comunidad lucen limpias, pero también hay "elefantes blancos" como la posta que no tiene médico o simplemente no funciona. Hay unos focos que cuelgan de sus techos que jamás se han encendido, pues en la zona no hay luz eléctrica. Exigen que alguna vez las autoridades pongan en funcionamiento esas obras que sólo fueron inauguradas y luego olvidadas.
Del otro lado, se observa un colegio viejo que ya cumplió su ciclo de construcción. Sus techos están rotos y no hay lunas ni carpetas. Los niños no pueden estudiar en estas condiciones tan precarias, nos dice el alcalde Barrientos. Y si quieren estudiar secundaria, deben salir del pueblo.

SOBREVIVENCIA. Recalca que si alguien se enferma gravemente y necesita ser operado, lo deben llevar a Sivia (Cusco), donde está el hospital más cercano, cuyo trayecto demora entre 4 o 5 horas en situaciones normales.
La sobrevivencia es difícil en este VRAE que da tanto que hablar al país. Los millones de dólares que de allí salen son, obviamente, para los "capos" de las mafias y cárteles de drogas, allí donde muchas autoridades tienen que convivir con estas lacras dizque para sobrevivir. Pensar que allí está el 50% de la producción de cocaína de todo el Perú.
Y pensar que la Agencia Antidrogas de Estados Unidos (DEA por sus siglas en inglés) considera que el cártel mexicano de Sinaloa domina y acopia más del 80% de la droga que se procesa en el Vrae.