Serpentinas, pétalos de flores y talco fueron los proyectiles utilizados por los pobladores de los cuatro barrios del distrito de Paccha en Jauja tras enfrentarse por una invasión y defensa de terrenos.

El viernes, luego de un intento de paz para llegar a un acuerdo limítrofe de tierras, cada uno de los plenipotenciarios de los barrios argumentó su posición, pero a cambio se dispararon duras provocaciones subidas de tono, rompieron relaciones y se declararon la guerra.

MASACRE. Cada barrio con sus batallones fuertemente armados en cada esquina del estadio 7 de junio esperaron hasta las 4 y 30 de la tarde para tomar posesión del lugar acompañados de sus respectivas bandas de músicos y en cada "viva" (tonada de aviso para pelear en un breve espacio de tiempo y luego continuar bailando) entonada por los músicos entre gritos y risas, disparaban su proyectiles, hiriendo a sus contrincantes, unos por invadir el terreno, otros por defenderla, durando dos horas esta brutal pelea por posesionarse del terreno y dejó como saldo, según el alcalde Samuel Dávila Veliz, -en una rápida evaluación-, mil heridos y 200 muertos.

Esta singular y única escenificación ancestral se repite año tras año luego que los antepasados del lugar tuvieran divergencias por limitaciones territoriales y se enfrentaran en una batalla campal; de manera colosal los pobladores lo hicieron propio y escenificarla para las fiestas de carnavales.

Al final de la tarde, cuando ya las armas y municiones se agotaron y no hay ganador ni perdedor y no llegan a un acuerdo, los pocos sobrevivientes de esta cruenta emboscada optan por confraternizar, bailando y cantando así como intercambiando sus botellas de licor de todo sabor y color bebiendo hasta olvidar ofensas.

Es una expresión única y autentica del distrito, quizá la expresión cultural más importante tanto por su idiosincrasia, como por su identidad y que se realiza un viernes antes del domingo de carnaval.