Junín, la batalla silenciosa de la Guerra de Independencia
Junín, la batalla silenciosa de la Guerra de Independencia

La corona española mantenía una fuerte presencia política y militar en el Perú y la independencia de los países de América del Sur se veía comprometida mientras no acabara esta situación. Simón Bolívar lo tenía claro y envió a nuestras costas una avanzada de 5 mil hombres encabezados por Antonio José de Sucre en enero de 1823.

El propio Bolívar llegó el 1 de julio con otros mil 500 soldados, mandado llamar por el Congreso peruano. Presidente de la Gran Colombia, el general libertador tenía claro que había que batir a las tropas realistas que aún eran fuertes y operaban en el Alto Perú (actual Bolivia). Para el verano de 1824 los españoles habían recuperado Trujillo y amenazaban Lima desde el castillo del Real Felipe, que tenían bajo su poder.

Simón Bolívar en persona dirige a las tropas que se encontraban en Cusco y Alto Perú, y estas a su vez marchan hacia el norte con la intención de ocupar Lima y ahogar el sueño independentista que tenía apenas dos años y medio de concebido. Como era de esperarse, ambos ejércitos se encontraron al oeste de Jauja, a 5 kilómetros del lago Chinchaycocha.

EJÉRCITO MULTINACIONAL. Los 8 mil soldados independentistas -formados por tropas peruanas, colombianas, chilenas y argentinas- marchaban por una orilla del lago y divisaron a los españoles marchando en la orilla opuesta. La batalla era inminente y solo bastaba saber quién tendría la ventaja del terreno elevado del extremo del lago donde chocarían.

El general español José de Canterac ordenó que su caballería cubriese la retirada hacia el Cusco de sus 7 mil infantes y 9 valiosas piezas de artillería. Él mismo se puso a la cabeza de los Húsares de Fernando VII y los Dragones del Perú y los Dragones de la Unión. Ambas fuerzas corrían a todo galope para alcanzar la pampa de Junín, donde finalmente trabaron combate.

Esa es la explicación de por qué la batalla de Junín es un curioso enfrentamiento de nuestra Guerra de Independencia, donde solo lucharon las unidades montadas, separadas de la infantería hasta por cinco kilómetros. Es por eso también que a Junín se le conoce como la batalla sin humo, o la batalla silenciosa. No hubo un solo tiro de cañón, ni los fusiles hicieron un solo disparo.

Mencionan las crónicas de la época que los Granaderos de Colombia fueron los primeros en desplegarse en el campo de batalla, y comandados por el alemán Phillip Braun aguantaron de pie la carga de casi la totalidad de la caballería realista, usando sus lanzas como largas picas que atravesaron a los caballos y jinetes españoles.

Pero no fue suficiente y uno tras otro fueron envueltos también los Húsares de Colombia y los Granaderos de los Andes, que empezaron a retirarse del campo y son perseguidos por una -hasta el momento- victoriosa caballería española. Sin embargo, en su apuro de alcanzar a los independentistas y aniquilarlos, no vieron a los escuadrones de los Húsares del Perú, que en perfecta formación esperaban tras una colina el momento de entrar en batalla.

XXXX. Bolívar ordena que se retiren en orden para salvar al menos una unidad de caballería que pueda seguir peleando la Guerra de Independencia. Pero el mayor Andrés Rázuri le informa al comandante Isidoro Suárez, jefe de los Húsares, que el libertador ordenaba cargar de flanco a sus jinetes. La orden era totalmente falsa, pero Suárez la tomó por auténtica, y sorprendió a los españoles que fueron acuchillados de forma espantosa.

Quienes sobrevivieron alcanzaron el campamento realista, donde se reagruparon, pero la victoria ya era americana. Pese a que debió ser fusilado por falsificar las órdenes, Rázuri fue perdonado porque su orden dio la victoria a los patriotas. El general José de La Mar, jefe de la infantería peruana, reconoció que dar órdenes falsas a sus superiores, en pleno desarrollo de la pelea, era motivo más que suficiente para enfrentarse a un pelotón de ejecución. Pero la arriesgada decisión salvó a las fuerzas independentistas de su segura destrucción.

Sin ir muy lejos, el solo hecho de pelear a 4 mil 100 metros de altura hizo que la mayoría de heridos de ambos bandos no superara la noche, muriendo a causa del frío y la dureza de la puna andina.

De haber sido derrotado el ejército de Bolívar, esa suerte la habría corrido un número infinitamente mayor de soldados, con lo que la gesta libertadora se habría visto seriamente comprometida.

Esa misma tarde, sobre el campo de batalla, los Húsares de Perú fueron rebautizados como Húsares de Junín.