Con esa agudeza que la caracteriza para investigar, construir y narrar una historia, la periodista Sabrina Duque reflexiona con Correo sobre los retos del periodismo ante la inteligencia artificial, la vigencia de la crónica y el poder de la memoria.
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A propósito de su participación en la FIL Lima 2026 por Ecuador, país invitado de honor, la también autora de “Necesito saber hoy de tu vida”, nos comenta sobre su estadía en Taiwán, y cómo su paso por Estados Unidos inspiró su nuevo libro “Plastificados” (Anagrama), una reflexión sobre nuestra dependencia al plástico, que se publicará en octubre.
“Siempre intento desaparecer de mis textos. Prefiero que la historia y los personajes ocupen el centro. Pero en este libro ocurre lo contrario. Todo comenzó cuando conversé con una ingeniera bioquímica que me explicó que, cada semana, una persona consume una cantidad de microplásticos equivalente al tamaño de una tarjeta de crédito. Esa idea me impactó profundamente”, detalla la autora.
Vivimos en una época marcada por la inmediatez y las redes sociales. ¿Crees que el periodismo ha cambiado? ¿De qué manera?
Ha cambiado, como cambia cada vez que aparece un medio nuevo. Cada plataforma tiene su formato y sus propias reglas, pero la esencia del periodismo se mantiene.
Las redes sociales trajeron la ventaja de la inmediatez y, con ello, prácticamente desapareció la lógica de la primicia reservada para el periódico del día siguiente. Hoy las noticias se conocen primero en internet y eso está bien.
Lo que realmente me preocupa no es la velocidad, sino la falta de educación del consumidor de información. Mucha gente se deja engañar por noticias falsas o por contenidos generados con inteligencia artificial.
Tengo un hijo adolescente y siempre hablamos de eso. Le digo que, cuando quiera informarse sobre un tema, recurra a medios con trayectoria y prestigio. [...] Lo importante es aprender a distinguir cuáles son las fuentes confiables.
Precisamente, la inteligencia artificial ocupa cada vez más espacio en nuestra vida cotidiana. ¿Crees que algún día podría reemplazar el trabajo de un periodista?
No. Creo que puede convertirse en un gran asistente de investigación, pero no en un periodista. Puede ayudarte a procesar información o incluso describir una imagen, pero el enfoque, la mirada y la capacidad de decidir qué historia contar siguen siendo humanos. [...] No creo que debamos resistirnos a la inteligencia artificial. Hay que aprender a usarla como un gran asistente.
En medio de esta velocidad informativa, la crónica exige tiempo, investigación y contexto. ¿Qué crees que le está faltando al periodismo de hoy?
Lo fundamental es aprender a distinguir qué es cierto y qué no. Y eso solo se consigue recurriendo a medios con credibilidad y trayectoria. Un titular puede informar lo que acaba de ocurrir, pero rara vez explica cómo se llegó hasta ese punto. El contexto es lo que permite comprender los problemas, tomar decisiones y entender el mundo. Necesitamos saber qué sucede en nuestro país, pero también mirar cómo otros países enfrentan desafíos similares. Solo así podemos formar un criterio propio.
Entonces, ¿la crónica sigue siendo una forma de resistencia frente a la velocidad?
Sí. La crónica tiene un espacio absolutamente necesario porque obliga al lector a detenerse. Es el momento en que uno puede comprender realmente lo que está ocurriendo. Por eso siguen existiendo revistas como The New Yorker y tantas publicaciones dedicadas a la no ficción. Siempre habrá lectores que quieran entender los procesos, las guerras, los conflictos, pero también las buenas noticias y las historias humanas con profundidad.
Has escrito sobre personajes de muchos países y has vivido en distintos lugares del mundo. Desde esa experiencia, ¿qué heridas y qué esperanzas compartimos los latinoamericanos?
Creo que compartimos una gran dificultad para defender la memoria. Olvidamos demasiado rápido. Y cuando olvidamos, terminamos repitiendo los mismos errores. Lo vemos en distintos países. [...] Hace falta una política de memoria. Una sociedad que eduque constantemente sobre su pasado para evitar volver a cometer los mismos errores.
En tus perfiles hay un trabajo de investigación muy profundo. No solo escribes sobre una persona, sino que logras que el lector entienda el mundo que la rodea. ¿Cómo empieza ese proceso?
Para escribir un perfil no me interesa únicamente la persona. Me interesa la idea que representa.
Cada personaje es un pretexto para explorar un tema y, para hacerlo, lo primero es investigar. Siempre empiezo leyendo mucho alrededor de esa idea.
Me gusta especialmente la historia porque nos ayuda a entender los procesos y el presente. Conocer los antecedentes, la cultura y todo lo que ocurrió antes permite comprender mejor a un personaje.
Después comienzo a acercarme a él. Hablo con las personas que lo conocen, con quienes han trabajado a su lado y, por supuesto, con el propio protagonista. Poco a poco intento descubrir cuál es la gracia de esa persona, qué la hace distinta y por qué vale la pena contar su historia.
En el perfil de Vasco Pimentel: el oidor, describes con mucho detalle su sensibilidad frente a los ruidos. Uno siente que está viviendo la escena junto a él. ¿Cómo logras ese nivel de observación?
En esa época lo seguí durante bastante tiempo y compartíamos una amiga en común. Una noche fuimos a cenar a un restaurante peruano y, durante toda la conversación, Pimentel habló de cuánto le molestaban ciertos ruidos.
Cuando terminamos de cenar le ofrecí llevarlo en mi auto porque vivíamos relativamente cerca. Subió, encendí el carro y, automáticamente, comenzó a sonar la música. Yo siempre manejaba escuchando música y cantando.
Él reaccionó de inmediato. Empezó a hacer gestos de desesperación y a intentar bajar el volumen. Parecía sufrir físicamente con ese ruido. Como yo había presenciado la escena, podía describirla tal como ocurrió. Ese tipo de detalles solo aparecen cuando acompañas a una persona y observas cómo se mueve en el mundo.
Cuando uno investiga durante tanto tiempo a un personaje, inevitablemente aparece la admiración o la emoción. ¿Cómo logras separar esos sentimientos del rigor periodístico?
La emoción siempre aparece. La diferencia está en cómo trabajas con ella.
Yo tengo una regla muy sencilla: cuando escribo, intento imaginar que un verificador de datos de The New Yorker va a revisar cada línea del texto. Eso me obliga a preguntarme constantemente si aquello que estoy afirmando puede comprobarse y si realmente aporta a la historia. Muchas veces encuentras escenas maravillosas o detalles muy bonitos, pero si no contribuyen al desarrollo del perfil, se quedan fuera.
Uno tiene que ser muy crítico con su propio texto. No basta con que algo sea interesante. Tiene que ser verdadero y, además, necesario.
En tiempos en los que muchas personas creen que basta un celular para informar, ¿qué sigue distinguiendo a un verdadero cronista?
El tiempo y la mirada. Hay que estar presente. Apagar el celular, tomar apuntes, conversar, escuchar y tratar de entender cómo la otra persona mira el mundo. Eso exige tiempo. Pero también exige empatía. [...] Creo que ese es un ejercicio que no solo debería practicar un periodista. Deberíamos practicarlo todos. Y la crónica, justamente, obliga a hacer ese esfuerzo. Nos invita a salir de nosotros mismos para mirar el mundo desde los ojos del otro.
SOBRE LA AUTORA
Sabrina Duque, escritora
Periodista y traductora ecuatoriana, ganó la Beca Michael Jacobs de Crónica Viajera 2018. Sus historias han sido traducidas al portugués, italiano e inglés. En 2017 publicó Lama y en 2018 publicó la traducción al español de El Alienista, del escritor brasileño Machado de Assis.
1979 nace la autora en Guayaquil, Ecuador.
2015 finalista del Premio Gabriel García Márquez de Periodismo.
2019 publica VolcáNica, crónicas escritas en Nicaragua.
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