La vida y trayectoria del poeta José Ruiz Rosas
La vida y trayectoria del poeta José Ruiz Rosas

Su figura fue clásica durante décadas por las viejas calles del centro de Arequipa. Un terno y una frondosa barba dibujaban su paso.

Por las noches semejaba un símbolo viviente en foros y auditorios. Todos sabían no era uno más. Murmuraban es el poeta. El personaje cuya presencia daba relieve a la actividad cultural.

No necesitaba títulos ni currículo para ser alguien. Su nombre bastaba y era conocido. . Pero en una no frecuente fusión de respeto y cariño, para su extenso entorno de conocidos solo fue “don Pepe”.

Vino a lares mistianos de la capital apenas a los 18 años, a protegerse en este clima primaveral y benigno, frente a un asma que lo asediaba. Corrían los días de 1949. El refugio fue una bendición. El sol, la distancia de la humedad del mar, fueron su mejor medicamento. Curó sus males y avivó su espíritu al encontrar el amor de su vida, doña Teresa Cateriano. Se hizo de cuatro hijos que fueron su orgullo.

Estaba encantado de Arequipa. “La ciudad más cerca de Dios” diría más tarde de ella. La admiró por monumental en su arquitectura y su historia. Pueblo gravitante en el Perú, con marcada identidad y jerarquía cultural. Una nación dentro de otra nación y paisajistamente una acuarela, nos lo dijo. La hizo suya, se “nacionalizó”.

Su primer poema lo escribió todavía teniendo 12 años, pero a las faldas del Misti forjó su loco empeño por las letras. Estudió en la Universidad de San Agustín, pero aún más aprendió en la universidad de la vida como autodidacta. Fue testigo de la evolución de la ciudad blanca en más de medio siglo. Desde los tiempos de los tranvías y las lecheras, hasta la masa migrante de hoy. Tuvo una sonada librería, “Trilce”. Alternó con Cesar “Atahualpa Rodríguez”, Hidalgo, Mercado y así marcó su propia huella en la historia de la cultura local.

De voz madura y una seriedad que no concordaba con la alegría de su corazón, conversar con él era una lección. “En la poesía el uso de la palabra debe lograr la pureza” frase célebre la suya. Siempre trabajó en funciones vinculadas a la cultura. Se auto confesaba haber nacido solo para poeta y decía no haberle podido pasar cosa mejor que venirse al mejor lugar para su vocación y conocer a quien resultó luego su esposa, porque lo aceptó a sabiendas que sería solo eso, un poeta. “Yo soy su consorte y ella es mi con suerte” dijo una vez a “Caretas”.

El inexorable paso de los años, al conjuro con el deterioro de su salud, lo obligó a irse a Lima. Más él, en una heroica resistencia aceptaba con filosofía sus males, los sobrellevaba y confesaba su íntimo deseo de volver a Arequipa. En los días finales era el amor que le faltaba. En tanto, meditaba, se inspiraba y seguía produciendo poesías desde su domicilio en San Isidro.

Deja más de treinta libros escritos poema tras poema. Cada uno hecho de a pocos, anotando sus instantes de inspiración en pedacitos de papel. En sus años finales, en España editaron parte de su producción. Para gloria peruana, había saltado al espacio universal. En su producción trasunta la nobleza de sus sentimientos. Redimensiona la trascendencia del hombre modesto, como cuando le canta al barredor de la vía pública que en la madrugada fría, arropado con su pobreza limpia la calle antes que los demás vuelvan a inundarla. Arturo Corcuera, notable potea, le llama poesía urbana. Lo es, pero también es sentimiento social que tanta falta nos hace.

Don Pepe quiso irse a las estrellas en agosto, mes de Arequipa. Hoy vuelve a “su tierra” para un reencuentro eterno.

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