Esta historia ya la he visto más de una vez. A juzgar por la oferta de candidatos congresales que se aprecia por estos días en el ruedo, una vez que se elija el nuevo Congreso bicameral, no habrá pasado ni una semana para que comiencen a saltar los antecedentes dudosos y hasta nefastos de los flamantes padres de la patria de las diferentes tiendas políticas. Por eso, sería bueno que desde un inicio se vayan tomando ciertas medidas a la interna, para evitar mayor indignación en la gente.
Para empezar, debe quedar desterrado el trabajo remoto en pleno y comisiones. Se entiende si por ahí algún legislador está de viaje de comisión o quizá con descanso médico, pero eso no puede ser una constante. Los congresistas tienen que ir a trabajar, y no votar desde la playa o sus camas. Ya no estamos en pandemia. De otro lado, de saque tienen que ser eliminadas las surtidas canastas navideñas que todos los años causan la indignación de los peruanos y especialmente de otros estatales, a los que el Estado no les da ni un panetón.
Lo mismo debe pasar con los bonos extraordinarios para los trabajadores parlamentarios. A esos dirigentes sindicales y sus representados, si nos les gusta lo que recibe cualquier otro servidor estatal, bien pueden buscar empleo en el sector privado para mejorar sus ingresos. ¿Qué hacen de adicional los empleados del Congreso?, ¿trabajar hasta tarde cuando hay plenos? Bueno, si ese es el criterio, qué nos van a decir de los policías, militares y demás, que hasta se juegan la vida fuera de sus horas de servicio.
Pero lo principal: el nuevo Congreso tiene que desterrar la repartija y el clientelismo político. A las áreas administrativas deben entrar los mejores profesionales, no los amiguísimos, ni los miembros del partido al que le tocó manejar tal o cual dependencia legislativa. Se entiende que a los equipos de los parlamentarios pueda ingresar gente de su confianza, hasta sus correligionarios, siempre y cuando cumplan con los requisitos, pero no a las oficinas técnicas relacionadas al manejo y uso de recursos de un poder público.
Si no tienen en cuenta estos puntos básicos a partir del día que asuman funciones, no se quejen después de que la gente los rechace en las calles. Es verdad que el ahorro que esto va a generar no va a mover la aguja en el presupuesto público, pero son gestos de empatía con el peruano que tiene que trabajar 12 o 18 horas diarias para llevarle un plato de comida a su familia, el que a fin de año no tiene ni para una taza de chocolate, el que si no tiene un padrino congresista o político, debe seguir buscando latas para patear.




