Dicen, y con razón, que al escribir se transforma la realidad, se la reconstruye con palabras y tal vez nace algo inusual por no decir nuevo. En su poemario “Crónica del lugar que habito” (Lustra, 2025), Daniel Bedoya Ramos plantea una Lima desde la alucinación, mira la ciudad con una aparente locura que se esconde detrás de la cotidianidad. Su verso libre, sin puntuación, avanza como una procesión, apegando no solo palabras sino sentidos, imágenes, y muestra esa torva que puede ser Lima con su aletargada rutina laboral, la anoxia en medio del tránsito y la oscuridad y sus placeres ambiguos. Y, en medio de eso, la poesía como una forma de encontrar figuras reveladoras como la del poema III de la primera parte, A treinta minutos por segundo: “un arenal invadido de esteras bajo el color que regalan los planetas al morir”.
El poeta pinta la ciudad que “he visto crecer desde la punta de su orilla hasta la punta de los cerros”. Y, para la voz poética, el desánimo es inevitable, a tal punto de que la misma palabra parece inútil frente al cárdeno paraje. Los versos de Bedoya Ramos también son críticos con su forma de vivir atrapado en la búsqueda del éxito económico y en la lógica de la competencia insana entre oficinistas: “Soy una palabra milimétricamente colocada en su puesto de trabajo”. En ese estado, el placer de los cuerpos y el amor aparecen como un bálsamo y una forma de defenderse de la ciudad, en una lucha para que este oasis no se tiña de los temores. La segunda parte del poemario, En la noche fantástica, tiene una exploración del lenguaje más arriesgada, una suerte de evasión de la ciudad que ha construido páginas atrás y la fuerza de sus imágenes poéticas la encienden: “La poesía pasea con descaro por mi ciudad / (...) y me sabe a tierra labrada / a flor en el jardín / a pan recién horneado”. Los versos como lugares apacibles y refugio, en los escenarios y la piel. La tercera parte, Coragyps atratus, cierra el camino recorrido con una vuelta a la realidad. La presencia del gallinazo es ineludible. Es el animal que espera “una señal de muerte” para comer, alimentarse, y limpiar la ciudad de lo que ya no puede trabajar. El poemario de Daniel Bedoya es una lectura descarnada de Lima, una mirada sobre la frenética experiencia de habitar esta ciudad.




