Como educador apasionado debo hablar con franqueza a los egresados escolares que piensan estudiar Educación. La vocación no basta cuando el mercado laboral docente se encuentra saturado y marcado por el escaso reconocimiento social y profesional, sueldos limitados, contratos ocasionales temporales y concursos interminables para acceder a una plaza pública.
El sistema exige llenar informes, protocolos, evidencias y hacer trámites que consumen tiempo pedagógico, mientras la burocracia crece más rápido que las oportunidades profesionales. Esto en un clima de temor por conflictos escolares que antes se resolvían con diálogo y ahora pueden terminar en denuncias administrativas o legales, dejando al maestro expuesto y sin respaldo de la autoridad.
¿Esto significa que nadie debería estudiar Educación? No. Pero si decide hacerlo, que lo haga con una estrategia clara. Elegir especializaciones con demanda real, procurar dobles especializaciones que le abran el abanico laboral, desarrollar competencias digitales que lo hagan indispensable y entender que la formación inicial no lo salvará; lo hará su capacidad de adaptarse, de hacer contactos y de sortear las trampas del sistema.
Un sistema educativo que exige resultados sin ofrecer estabilidad ni confianza profesional no atrae docentes comprometidos, que requieren condiciones dignas que permitan enseñar con libertad, responsabilidad y sentido de futuro. Solo así la educación podrá convertirse en una opción profesional sostenible, respetada socialmente y capaz de atraer nuevas generaciones con auténtica vocación pedagógica real.