Terminó la segunda semana de debates de los candidatos a la presidencia de la República. En ese escenario, varios hicieron lo suyo: menos análisis, más golpe. El debate se convirtió en una vitrina de frases hechas, promesas recicladas y ataques cuidadosamente diseñados para viralizarse. Se habló mucho de lo repudiable y poco de lo deseable. La política como indignación rentable, como performance para redes sociales. Y así, entre quejas, reproches y discursos inflamados, las propuestas programáticas quedaron relegadas a un segundo plano, como si fueran un accesorio incómodo en medio del show.

El impacto, aunque leve, se sintió en las encuestas publicadas en los últimos días: algunos candidatos salieron mejor parados, otros más golpeados. Pero hay un dato que no deja de ser revelador —y preocupante—: los votos blancos y viciados siguen siendo numerosos, mientras los indecisos también destacan. Es decir, el gran ganador del debate ha sido el escepticismo. Cuando un espacio diseñado para aclarar termina sembrando más dudas, algo está fallando en la esencia misma del ejercicio democrático.

Según una última encuesta de Datum, el 54% ya tiene decidido su voto y no lo cambiará. Sin embargo, el 30% no ha pensado nada, el 13% lo está pensando entre algunas opciones y el 3% no sabe. Es un porcentaje muy alto de peruanos que aún no está decidido a pocos días de las elecciones presidenciales. Esperemos que esta Semana Santa sea de auténtica reflexión para informarse sobre todas las opciones y elegir bien.

Las puyas, propuestas sin sustento y demagogia sin pudor discutieron su supremacía. Pocos apostaron por un discurso sólido, crítico pero propositivo. Porque, al final, el país no necesita más ruido, sino mejores respuestas.