Opinión

El Perú huele a corrupción

Insisto, la clase política nos está llevando al fango y el caso Odebrecht sigue expeliendo mal olor

20 de Febrero del 2017 - 07:04 Jaime Asián Domínguez

El Perú vive una masacre, una matanza, un exterminio de los valores éticos y morales, que son los parámetros que nos facultan saber si caminamos derecho o nos hemos pasado al terreno de la iniquidad, la hermana de sangre de la corrupción.

Cómo explicar si no que los últimos presidentes estén inmersos en vergonzosas investigaciones por coimas y sobornos, sentando el precedente de que Palacio de Gobierno es visto como un trampolín al enriquecimiento ilícito. Habían olvidado que también puede ser un trampolín a la cana, y de esto podría dar fe muy pronto el prófugo Alejandro Toledo.

Ronald Reagan, mandatario de Estados Unidos entre 1981 y 1989, en un arranque de lucidez, acuñó para los anales de la sinceridad que “la política es la segunda profesión más antigua de la historia. A veces creo que se parece mucho a la primera”. Nunca tan bien dicho.

Ese desfile apurado de Alan García y Ollanta Humala por el Ministerio Público puede parecer de protocolo, rutinario, pero el solo hecho de sentarse frente a un tribunal especializado en delitos de corrupción es un golpe al corazón para los miles de peruanos que buscan autoridades limpias, honestas, lejanas de la sospecha.

Y lo que es peor: ambos se gastan un contrapunto que incrementa la animadversión de la gente, cansada ya de tanta payasada de cuello y corbata. “A mí no me metan en la pandilla de los expresidentes”, dijo el primero. “Yo no pertenezco al club de los presidentes prófugos”, retrucó el segundo (él y Nadine deben pedir permiso judicial para salir al extranjero).

“¿Algún día nuestro país tendrá un José Mujica?”, me preguntó un taxista Uber. Aludía al llamado en su momento “el presidente más pobre del mundo”. El uruguayo convive con la filosofía de que “la austeridad es parte de una lucha por la libertad” y salió del poder así como llegó: en su viejo bolocho, misio pero feliz porque “los políticos tenemos que vivir como vive la mayoría y no como vive la minoría”. Santo remedio.

Insisto, la clase política nos está llevando al fango y el caso Odebrecht sigue expeliendo mal olor. A ver si la justicia finalmente nos ayuda con una balanza que no robe peso.