La presidenta Dina Boluarte debe emprender su propia agenda política, es decir, indicar las prioridades del país y convencernos a todos de que sabe por dónde nos llevará, e inspirarnos para que queramos ir por allí. Eso es lo que materializa un liderazgo político. De lo contrario, la agenda se la pueden poner otros y llevarla a ella a donde no quiere ir y también al país.

Lo peor que puede hacer es estar inactiva frente a la coyuntura que vive el sur del país, esperando los informes de orden público y no ofrecer una hoja de ruta que permita encauzar lo lícito y legítimo que hay en las demandas sociales. Debe, también, brindar alternativas plausibles que no echen por tierra ni el orden constitucional ni el Estado de Derecho, que es lo que nos protege de la arbitrariedad y el caos.

Hay muchísimas iniciativas que se pueden echar a andar, en primer lugar abrir diálogos regionales, que sirvan para nutrir y construir de forma amplia la reforma electoral, con las universidades, los colegios profesionales, los gremios y las asociaciones de la sociedad civil, entre otros. Emplear el tiempo pedido de preparación de las elecciones para 2024 arrojará sus frutos y está siendo bien utilizado.

Así mismo, es necesario poner otros temas en agenda, destrabar proyectos de inversión pública emblemáticos, articular las iniciativas ciudadanas que propenden por la paz y la convivencia. Mostrar los esfuerzos para que los protocolos de las fuerzas del orden sirvan para disuadir a los violentos y se demuestre el esfuerzo para evitar víctimas mortales, buscar apoyo internacional por fuera del vecindario latinoamericano, cerrar el flujo de ayudas de todo tipo a los violentos. En definitiva, es un momento de acción meditada, pero efectiva.

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