Los primeros días del nuevo gobierno han estado marcados por la euforia, la ceremonia y los discursos. La gravedad de la situación nacional obliga a conceder el margen razonable y el beneficio de la duda, incluso a los antifujimoristas. La oposición irracional y grosera no tiene lugar. Pero conceder tiempo no significa guardar silencio. El Gobierno debe mostrar, desde el comienzo, voluntad de unidad, honestidad y capacidad. Los discursos iniciales han sido breves y han expresado intenciones que permiten la esperanza. Sin embargo, algunas decisiones, especialmente en la composición del gabinete, dejan dudas importantes. En sectores tan sensibles como Salud y Defensa tenemos personas honorables sin experiencia conocida ni vinculación suficiente con las responsabilidades que asumen. La buena voluntad no sustituye el conocimiento. La capacidad empresarial no reemplaza automáticamente la experiencia sanitaria, estratégica o institucional para la conducción de ministerios decisivos para la salud pública colapsada y la criminalidad organizada que avasalla al Estado. La preocupación aumenta ante el pedido de facultades legislativas. El Congreso las concederá como a gobiernos anteriores pero la rapidez para aprobar normas no garantiza su calidad ni su eficacia. Antes de recibir poderes para legislar, el Ejecutivo debe demostrar que cuenta con ministros, funcionarios y equipos técnicos para responder. La crítica racional no debilita al Gobierno ni impide que avance. La voluntad política señala el destino, pero solo la capacidad permite concretarlo. Un gobierno democrático no pide silencio ni confunde observaciones con hostilidad. Escuchar también forma parte de gobernar. Y en cuanto al grave problema del Niño, es una emergencia nacional en la que todos estamos obligados a ayudar y el gobierno a convocar a los mejores.




